lunes, 25 de febrero de 2008

Las campanas de Jerusalén

LAS CAMPANAS DE JERUSALEN

Novela

Javier Baptista, S.J.

Antes se llamaba Alberto Cohen. Ahora se llama Jayim Cohen. Antes era un judío argentino que se sentía más argentino que judío. Le molestaba saberse judío. Desde hace un año es ciudadano israelí. En su fuero interno se sigue considerando argentino, puesto que se ve forzado a reconocer que le va a ser difícil enraizarse en Israel. En la Argentina había llegado a la conclusión de que para hacerse aceptar como auténtico argentino por los argentinos, tenía que dejar de ser judío.

Un amigo le había dicho: “¿Cómo se puede ser argentino y judío a la vez?”. Alberto había escogido: “Yo soy argentino”. Pero se había olvidado de una cosa. De su apellido. Un día le preguntaron: “¿Cómo se llama?”. “Alberto Cohen”. “¿Cohen ha dicho?”. “Sí, Cohen”. “Ese es un apellido judío”. A raíz de un incidente cualquiera de ese tipo, importante sólo porque se sumaba a otros muchos, Alberto decidió cambiar sus dos apellidos: Cohen y Pantoffel por Gómez y Pantoja, respectivamente, pero el trámite era muy costoso. Y así fue cómo tuvo que resignarse a seguir siendo Alberto Cohen Pantoffel, como estaba escrito en todos sus documentos.

Terminados sus estudios de derecho pensó seriamente en la posibilidad de militar en algún partido político. Desde los primeros gateos se dio cuenta de que le iba a ser difícil abrirse paso. Los comunistas sólo le proporcionaban una perspectiva de lucha en las trincheras de la oposición, con muy pocas posibilidades de triunfo. Por otra parte, se hallaba muy lejos de hacer suyos todos los sueños y máximas del marxismo. Había otro, que parecía a simple vista llenar todas las condiciones requeridas. De pensamiento bastante revolucionario, estaba abierto a todas las corrientes más avanzadas. Se apoyaba en un vasto programa con miras a un desarrollo orgánico de la nación y hacía flamear con facilidad la bandera de los oprimidos. Las tentativas de Cohen para poder entrar en las filas de ese partido, tropezaron con los troncos macizos del bosque de la burocracia. Más de una vez, según su parecer, la única razón por la cual lo dejaban en la sala de espera no podía ser otra que su apellido judío. “Lo sentimos mucho, señor Cohen”.

En la otra vereda los partidos no eran a sus ojos más que peñas confesionales, reductos en los que se parapetaban cristianos de mentalidad anacrónica, cuyos ideales utópicos los conducían a tomar actitudes trasnochadas. Descartados todos esos grupos, no le quedaba más que buscarse su propio sendero, que poco a poco se le fue transformando en camino de cabras que lo llevaba por vericuetos. Y seguían, en lontananza, las inaccesibles montañas.

Para ganarse la vida, trabajó, muy a disgusto, en un bufete de abogado. Con el objeto de dar alas a sus ímpetus políticos recurrió a la lectura. Como sus ahorros no le permitían llenar los estantes de su biblioteca, visitaba con frecuencia todas las bibliotecas públicas y algunas privadas de la capital argentina. Le dio por acudir sistemáticamente a las embajadas. Pasada la revista general, acabó por volverse asiduo visitante de una sola: la biblioteca de la embajada de Israel. En ella, además de encontrar material de lectura y temas de reflexión sobre política y filosofía, tenía al alcance de su mano libros dispuestos a dialogar acerca de su problema más vital: el judío.

Pronto trabó amistad con dos judíos, uno argentino y el otro boliviano, que como él, se sentían desencajados. El argentino se llamaba Fernando Lieberman, y el boliviano Salomón Burgos, hijo de alemanes el primero y de griegos el segundo. Los tres solían analizar largamente sus problemas en un restaurante de Palermo, donde se reunían todos los domingos a las tres de la tarde.

Lieberman llegó a ver claro que su puesto estaba dentro de la comunidad argentina. Si le cerraban las puertas de la política, le estaban, en cambio, abiertas de par en par las de la literatura y del periodismo. En esos dominios su condición de judío no le impediría levantar cabeza. Lo que había de político en él, encontraría su medio de expresión en la prensa. Sus puntos de vista, muchos de ellos de cuño marxista, podrían ser aceptados por los marxistas y por todos los izquierdistas de diversa tonalidad. De ese modo, cumpliría con los dictados de su conciencia, sin verse atado.

Esa posición le permitiría seguir siendo lo que era: Fernando Lieberman, ciudadano argentino, sin partido político ni religión declarables, pero eso sí, con convicciones políticas muy personales. Estaba convencido de que toda su actividad, su vida misma, deberían encuadrarse en un marco de solidaridad con su pueblo. No podía desligarse de su sentimiento de pertenencia al pueblo argentino. Como argentino, debería participar en el destino común de los argentinos. Junto con todos ellos tenía que ser forjador de una Argentina grande y mejor. “Si se empeñan en llamarme judío, que lo hagan, pero yo no soy judío porque no quiero serlo”.

Los problemas de Salomón Burgos no eran de carácter político. Hacía seis años que vivía en la Argentina. Había estudiado los tres primeros cursos de medicina en Bolivia, en Cochabamba, los restantes en Buenos Aires. Desde que había terminado sus estudios trabajaba en el hospital israelita. El antisemitismo reinante en la Argentina se le hacía cada vez más insoportable. Estaba ya decidido a retornar al país de sus antepasados. Se refería a Israel, la tierra de sus remotísimos antepasados, no a Grecia, la de sus padres, ni a España de donde emigraron los Burgos en 1492 por orden de los reyes católicos. A sus amigos les decía que la razón por la que se iba era la imposibilidad que tiene un judío de enraizarse en cualquier país latinoamericano, si quiere mantenerse fiel a la religión judía.

“El único modo que tienen los judíos de no seguir siendo un quiste en estos países, es asimilarse por completo a ellos, lo cual supone renunciar a su personalidad, a si idiosincrasia, a sus costumbres, a su religión, a su destino como pueblo aparte. Si un judío insiste en mantener sus propias tradiciones, deberá resignarse a ser visto como intruso. Si quiere permanecer en Bolivia, en la Argentina o en Guatemala, deberá hacerse boliviano, argentino, guatemalteco. Sólo los cristianos y los ateos pueden ser bolivianos, argentinos, guatemaltecos, etc. Los demás seguirán siendo siempre un elemento extraño. Yo me siento judío. Aquí soy inasimilable. Tengo que irme a Israel, el único país que me puede asimilar”.

Alberto Cohen nadaba entre dos aguas. Empezaba a reconocer, por una parte, que era judío a los ojos de un no judío. Había una barrera indefinible, pero perceptible, entre él y los argentinos que no pertenecían a la estirpe de Abraham, Isaac y Jacob. Por otra parte, amaba a la Argentina con toda su alma. “¿Qué quiere ser judío? ¿Cuál es la definición de judío? ¿Y qué sé yo de los judíos? Nada, absolutamente nada. Salo, podés preguntarme muchas cosas del cristianismo. Yo puedo hablar durante horas de los católicos, del papa, de los curas. De los judíos podría decirte lo mismo que te diría cualquier tipo católico, lugares comunes, nada sustancial. Yo nunca he vivido en ambiente judío.

Mi padre se vino de Polonia durante la segunda guerra mundial. Por lo que yo recuerdo, huía siempre de los judíos como de la peste. Mi madre nació acá. Yo no la conocí. Murió cuando yo tenía dos años. Sé que su padre era judío francés y su madre judía italiana. Yo no me explico cómo mi padre, que no podía ver a un judío ni en pintura, se casó con una judía. Bueno, por lo que yo sé, ambos eran judíos renegados. Además, yo no he conocido a ningún pariente de mis padres. Ni sé si tenían hermanos, tíos o primos.

La religión y las tradiciones del pueblo judío son para mí verdaderos enigmas. Ayer terminé de leer un libro que trataba de las costumbres de los judíos polacos, como si ustedes se pusieran ahora a leer un libro que trate de los tibetanos. Igual. Ese mundo judío polaco me llega tan de cerca como el de los esquimales. Los judíos me parecen tipos chiflados. ¿Por qué la gente me tiene por judío? Yo no me resigno. Yo me considero argentino. ¿Acaso no he nacido en la Argentina? ¿Acaso mi idioma no es el castellano? Me sienta como una patada en el hígado cuando me hablan en yidish[1], como si me hablaran en japonés. Yo soy argentino. Si nacimiento, lengua, cultura, vida, no hacen al argentino, ¿qué me falta para ser argentino?”.

Todo esto lo dijo Alberto, como monologando. Al cabo de unos segundos de pesado silencio, se dirigió a Fernando: “Fernando, tu posición no me satisface del todo. ¿Debo estar dispuesto a no traspasar una determinada línea, a aguantar que me insulten llamándome judío? Porque lo dicen con un tonillo… Digamos que se me diera por aspirar a la presidencia de la república, ¿tendría que ceder ante los antisemitas sólo porque ellos me llaman judío? Si un tipo considerado como judío quiere ser militar, ¿tendrá que escoger forzosamente otra carrera?”

Llegó el día en que Salomón Burgos se despidió de sus dos amigos para emprender el viaje al país de sus mayores. Alberto pensó: “Judío que te vas, que ya dejaste detrás tuyo, con el eco de tu risa y de tu llanto, la tierra que te vio nacer, que en busca de una nueva patria, te viniste para acá, ¿por qué emigras otra vez? Llevando a cuestas tus recuerdos, ¿qué te espera en Israel?”.

Los tres amigos, Alberto Cohen, Fernando Lieberman y Salomón Burgos, se encontraban en el puerto de Buenos Aires. “Quizás por última vez, Salo”, dijo Fernando. El “Augustus” se llevaba horas más tarde a Salomón. Este, pañuelo al vuelo se despedía, agitando la mano sin cansancio, de sus dos amigos. Cuando ya no podía distinguirlos de entre la masa compacta que decía adiós a los viajeros, se fue a su camarote. Se recostó, y no pudiendo dormir, se puso a recordar.

Villazón, allá en las postrimerías de los años cuarenta, podía ser calificado sin hipérbole, de cosmopolita, pues cobijaba en su seno a cuatro familias extranjeras. Esas cuatro familias, que habían elevado al pueblo al rango de internacional, vivían en la calle principal. Debido a un convenio, secreto o tácito, cada una de ellas tenía su domicilio y su tienda en una cuadra. La gente acabó por designar a cada cuadra con la nacionalidad del extranjero ubicado en ella. Se trataba de nacionalidades que el capricho popular atribuía a los foráneos.

La primera de las cuadras era conocida como gallega, a pesar de que los extranjeros que vivían en ella provenían de Cáceres, Extremadura, España. En esa primera cuadra estaba situada la “Papelería e Imprenta Guadalupe”, propiedad de Ricardo Díaz, quien sabía que en la vecina Argentina, la fuerte inmigración gallega había sido la causa de que allí a todo español se le llamara gallego. Esa lamentable costumbre, como decía Ricardo Díaz, había cruzado la frontera. “¿A quién se le ocurre confundir a un extremeño con un gallego?”.

En la segunda cuadra, conocida como turca, se encontraba “La Palestina”. Su propietario, Simón Malkí, se enojaba de veras cuando le decían turco. Había llegado a Bolivia con pasaporte turco, cuando su país, Palestina, se hallaba bajo la dominación turca. En la tercera cuadra, conocida como austriaca, se hallaba instalado el croata Antonio Mihalhevic. Tenía una tienda de comestibles que no ostentaba letrero alguno. Había llegado a Bolivia con pasaporte del imperio austro-húngaro, “austro-hungárico” decía él.

La cuarta cuadra era conocida como brasilera, sin tener en cuenta que los extranjeros de esa segunda cuadra jamás habían estado en el Brasil. La culpa del epíteto la tenía la esposa de Isaac Burgos, dueño de la botica “Buena Salud”, la bonachona y regordeta doña Oro, quien, a pesar de su ya largo contacto con el castellano de Sudamérica, seguía aferrada a las peculiaridades lingüísticas del judeo español de Grecia, su tierra natal.

Doña Oro a los calcetines llamaba calsas y solombras a las sombras. Las cacerolas eran cacharolas y los agravios tuertos. Su parla, con el sabor más castizo de la España medieval, fue confundida con el portugués por los habitantes de Villazón.

Isaac Burgos era un boticario a la antigua, de los que con palabras amistosas y recetas hacen que los clientes mejoren de salud. Había nacido en Grecia. Y de Grecia fueron sus padres y sus abuelos, es decir varias generaciones de abuelos, descendientes de un cierto Eliezer Burgos, quien según cuenta la tradición familiar, había nacido en Burgos, y fue uno de los judíos expulsados de España en 1492.

Como buen judío, Isaac Burgos cerraba su botica los sábados, con más propiedad, desde el atardecer del viernes hasta el atardecer del sábado. El domingo, día de feria en el pueblo, su botica estaba abierta toda la mañana. Por las tardes, en cambio, se iba a la tienda de Simón Malkí a jugar con éste, según él el shesh besch y según Malkí el tauli [2]. Algunas veces, sobre todo cuando Malkí se ausentaba del pueblo por razones de negocios o para vender sus mercancías en las ferias de otros lugares, en el mismo tablero jugaba con Díaz una variante del shesh besch, llamada chaquete.

Cuando Isaac Burgos y doña Oro llegaron a Villazón, tenían ya dos hijos, un mancebo y una doncella, como decía doña Oro, llamados Benjamín y Susana, respectivamente. Antes de cumplirse dos años de estadía en el pueblo, Benjamín y Susana fallecieron por causa de unas fiebres misteriosas. Un año después les nació un niño, a quien impusieron el nombre de Salomón.

Los primeros doce años de la vida de Salomón Burgos transcurrieron en ese ambiente de calma provinciana, sin contratiempos ni incidentes que imprimieran manchas indelebles en su ser. Su infancia fue feliz. Sus padres le dieron amor sin engreírlo. Lo formaron para la vida en la escuela del trabajo y de la rectitud. Tuvo amigos con los que compartió muchas horas felices. Su amigo íntimo, a quien quería como hermano era el “turquito” Pepe Malkí, hijo de don Simón.

Ni siquiera el hecho de no ser católico constituyó un inconveniente en su vida normal de niño. Para hacer bailar un trompo o elevar una cometa, no importa estar bautizado o ser circunciso. El no hacer la primera comunión, como cualquier hijo de vecino, hubiera sido tal vez en otro causa de sentirse bicho raro. Carne y sangre de sus padres, Salito no era un judío acomplejado.

Salomón Burgos tenía doce años cuando murió doña Oro de un ataque fulminante al corazón. La noche del entierro de su madre, Salomón conoció por primera vez el sufrimiento. Doña Oro fue enterrada fuera del cementerio católico. Sobre su tumba pusieron una lápida con la inscripción: “Oro Calderón de Burgos. 1910-1946”.

Don Isaac y su hijo fueron a vivir a Cochabamba. Alquilaron un cuarto en la calle Calama. Salomón cursó todos sus estudios de secundaria en el colegio Sucre, del que salió bachiller en 1962. Ingresó a la facultad de medicina. Ese mismo año falleció don Isaac. Salomón cursó los tres primeros años de medicina en Cochabamba.

Los continuó y culminó en Buenos Aires. Salomón abandonó Bolivia para siempre porque había sido rechazado por una mujer boliviana. Esa mujer, que lo amaba, no quiso ser su esposa por una sola razón: porque Salomón Burgos era judío.

La culpa del rompimiento no fue únicamente de ella. El mismo Salomón, por su parte, no dio el paso decisivo sólo porque ella no era judía. El judaísmo se transmite por línea femenina. Casándose él con una mujer cristiana, sus hijos no podrían ser judíos. Salomón era judío practicante. Su religión formaba parte de él mismo. No podía renunciar a ella ni por el amor a una mujer. Ella, Carmen Avilés, había tratado mil veces de convertirlo al catolicismo, como él, por su parte había tratado de convencerla de aceptar el judaísmo.

“Carmen, quisiera casarme contigo, pero tienes que hacerte judía”. “Me gustaría mucho que seas católico como yo, Salo, pero no te voy a exigir que te conviertas. Estoy dispuesta a casarme contigo, pero me tienes que permitir practicar mi religión. No tienes que hablarme nunca de convertirme a la tuya, y nuestros hijos tienen que ser católicos. No tienes que intervenir para nada en su formación religiosa”.

Puestas a prueba las dos voluntades, situadas cada una en posiciones inconciliables, sobrevino la ruptura. Los dos corazones latían al unísono. Las dos mentalidades, cuyas convicciones eran incompatibles, vencieron a los corazones en la batalla final, librada en la soledad. Carmen tomó su decisión en el silencio de la iglesia del Hospicio, Salomón en un banco de la plaza Colón.

En su última entrevista, los ojos de ambos, cargados de tristeza, y a la vez de serenidad y energía se comunicaron la negación definitiva. Salomón y Carmen se separaron con un cordial apretón de manos, con respeto mutuo, sin resentimiento, pero con el corazón lacerado. Para Burgos, desde ese momento, las plazuelas, el Prado, sitios tan queridos, llenos de tantos recuerdos, se le hicieron insoportables.

Las piscinas, los cines, los restaurantes, estaban ligados a Carmen Avilés. Salomón sabe que ese sufrimiento es de los que pasan, que las heridas de amor se cicatrizan, pero sabe también que en Bolivia no podrá encontrar mujer. La colonia judía es reducidísima. Además, las pocas judías que hay son askenazíes [3]. Los Burgos eran los únicos judíos sefardíes de Cochabamba. A Salomón no le gustaban los judíos askenazíes.

En Buenos Aires alquiló un cuarto en el barrio de la Candelaria. Allí abundaban los sefardíes, casi todos procedentes de Grecia. Unas cuantas familias venían de Turquía y una sola de Marruecos. Don Abraham Curiel, dueño de casa de Salomón, opinaba que la mayor parte de los sefardíes se habían vuelto tibios.

“Los jóvenes hablan de Marx. Pocos labios pronuncian los nombres de Rabí Akiva o de Maimónides. Pocos se acuerdan de las fiestas. La sinagogas sefardíes están ya tan vacías como las askenazíes. El cantor Moisés Toledano canta sin unción. Sólo le interesa el dinero. Hace diez años decíamos que los askenazíes se habían vuelto tan fervorosos como nosotros. La persecución nazi acabó entonces con los judíos tibios.

En esos días se era judío fervoroso o se abandonaba el judaísmo. Judíos askenazíes y sefardíes[4] llegaban a la Argentina en oleadas. Esos judíos que venían de Europa, o practicaban la religión con fidelidad o no la practicaban en absoluto. En ese período atroz de prueba y en los años siguientes, cada judío tenía que hacer una opción. Muchos habían optado por la asimilación al no judío. Muchos otros, en el entusiasmo de una religión recién comprendida y amada, iluminaban sus días con una luz nueva”.

Don Abraham Curiel se complacía en recordar el fervor que había reinado en la Candelaria unos cuantos años antes. Comerciantes, obreros, abogados, médicos, se reunían para estudiar las Sagradas Escrituras y los libros de los grandes pensadores judíos. “Inclusive nos juntábamos con los askenazíes. Hoy, sefardíes y askenazíes no nos podemos sentir. Ahora, los médicos y los abogados desprecian a los comerciantes y más aún a los obreros. El mal del desprecio y del odio se apodera de la humanidad cuando los hombres se niegan a tratarse como hermanos. El hombre lleva en su corazón, junto a su vocación a la fraternidad, la tentación del fratricidio, al antiguo anti-algo, la fobia a aquel que no es igual a uno”.

“¿Cómo van las relaciones cono los nazarenos? [5], preguntó Salomón. “Donde hay pocos judíos apenas si existe el antisemitismo. Donde hay muchos judíos también hay mucho antisemitismo. ¿Cómo van las relaciones entre judíos y nazarenos? ¿Cómo van? Este…”.

Don Abraham se sacó los lentes y se restregó los ojos. Había leído en su juventud que Benjamín de Tudela se frotaba los ojos antes de responder a las preguntas difíciles. “Como siempre, como fue ayer y como será mañana. Muy buenas, muy cordiales y amistosas en poquísimos casos. Muy tirantes, con mucho desprecio y odio, en bastantes casos. Frías, indiferentes, sin amor ni odio, con mutuo desconocimiento, en la mayoría de los casos. A mí me hace sufrir más la mala relación que hay entre los judíos”. Muchos judíos ya establecidos aquí, nos trataron peor que los nazarenos a los que vinimos de Europa cuando lo de Hitler.

La vocación del judío consiste justamente en enderezar la vocación humana, en implantar en la humanidad la vocación a la fraternidad. Cuando un judío falta a esta vocación, encarna irrisoriamente, miserablemente, el mal que afecta a todo hombre y que ha tomado en nuestro siglo la odiosa fisonomía del racismo en todas sus formas. Ese judío es doblemente traidor: en su vocación de hombre y en su vocación de judío. Un judío tiene que empezar por amar a otro judío. Sólo si ha dado este paso, será capaz de amar a un no judío. Siempre que un askenazí y un sefardí se niegan a tratarse como hermanos, ceden a la terrible tentación humana del no reconocimiento y ahondan el pozo que los separa”.

Salomón salió a la cubierta. Ya no se veía la costa argentina. Salomón pensaba en su pasado: niñez dichosa, juventud vivida en paz, estudios coronados. Villazón, Cochabamba, Buenos Aires. “¡Cuántos recuerdos!” Salomón contempla el mar el horizonte. A medida que el barco se aleja rumbo al Mediterráneo, el dolor de romper con el pasado se amortigua con la esperanza del futuro.

El día en que Salomón Burgos dejó la Argentina, Alberto Cohen estaba lejos de pensar que sólo tres meses más tarde también él haría lo mismo. Su decisión, preparada, es cierto, lentamente, se debió a una escena deplorable de la que fue protagonista. Sucedió un domingo, en un cine de segunda categoría. Proyectaban la película “El diario de Ana Frank”.

Esa tarde se hallaba Cohen en un cine de suburbio, en contra de sus costumbres, porque la historia de la muchachita judía, encerrada dos años en una buhardilla de Amsterdam, lo había conmovido mucho cuando leyó el libro. Ese recuerdo lo empujó a ver la película. En momentos en que se sentía plenamente identificado con los personajes, con una comunión intensa, con una compasión inmensa, bruscamente un clamor de voces desaforadas lo sacó de su concentración. Las luces se encendieron. Entrevió la cruz svástica en un trozo de tela que agitaba uno de aquellos exaltados. Alguien gritó: “¡Mueran los judíos!”.

En medio de la total confusión, la gente trataba de salir a la calle. Se oían voces de cólera: “¡Llamen a la policía! ¿Qué pasa? Hagan algo”. La pantalla empezó a arder. El pánico cundió por toda la sala. Un poco más tarde, de camino hacia su casa por calles solitarias y mal iluminadas, Cohen recordó haber gritado por encima de la muchedumbre: “¡Yo soy judío!”. También recordó haber intentado subir al escenario para destrozar el banderín de la cruz gamada, pero la oleada lo había arrastrado a la calle.

Al día siguiente comenzó los trámites de viaje. Ya en el barco, a punto de dejar el puerto de Buenos Aires, pensó que lo único que le dolía era decir adiós a su amigo Lieberman. No sabía que se estaba llevando algo de la Argentina, como la planta arrancada de cuajo se lleva en las raíces algo de tierra.

Siguiendo el consejo de Salomón cambió su nombre de Alberto por el de Jayim [6]. Un año después de su llegada a Israel, Jayim Cohen no hablaba todavía hebreo. En Buenos Aires son muchos los judíos que saben hebreo por haber estado en una yeshiva o por haber hecho los estudios en un colegio judío. Jayim Cohen no era ni religioso ni sionista, en gran medida porque sus padres no fueron ninguna de las dos cosas. Al no ser religioso, no tenía ni la más remota idea de lo que era una yeshiva [7]. Y como no era sionista, jamás cruzó el umbral de un colegio judío. Por lo tanto, arribó al puerto de Jaifa sabiendo tanto hebreo como chino.

Al principio no le pareció imprescindible estudiar hebreo, puesto que podía hacerse entender en castellano o en inglés chapurreado. Era asombroso el número de los latinoamericanos y sefardíes. Aún así, lo cierto es que un inmigrante se encuentra poco a poco aislado si no sabe el idioma del país. No basta sentirse ya judío y presentarse en todas partes como Jayim Cohen y no como Alberto Cohen.

Su título de abogado no le servirá de nada mientras no maneje el hebreo con facilidad. Desde que llegó a Jerusalén estuvo buscando un trabajo adecuado a su capacidad y a sus gustos, en vano. Tuvo que contentarse con un puesto mal pagado en una biblioteca española. Por las noches estudia hebreo en el ulpán Bet-Ha-Ajím, instituto para el aprendizaje del hebreo. No aprende y se desespera. Es un hecho que le ha cobrado ya al dichoso idioma una antipatía profunda.

“Es una jerigonza de los mil demonios”. Le encuentra todos los defectos. “Es infantil, pobre, insuficiente”. Salomón trata de levantarle el ánimo, infructuosamente. Y eso no es todo. De la depresión lingüística pasa a la depresión política. “En la Argentna me era imposible meterme en política. Me quedaba un sueño, una esperanza: Israel. Ahora, no sólo me es imposible, sino que ni siquiera puedo consolarme con un hipótesis risueña. “Adiós sueños y esperanzas”.

Salo le decía: “Pero, viejo de mi alma. Si no es necesario ser sabra para actuar en la política de Israel. Está el caso de Golda. Y en el pasado, de todos. Acuérdate de Ben Gurión, el más grande”.

“¿Eres ciego y sordo, Salo? ¿No te das cuenta de que los sabras están arrinconando a los inmigrantes? Nos desprecian. Cuando estos israelíes están en apuros nos buscan. ¿Qué pasó en la guerra de seis días? De todo el mundo llegó dinero a Israel, no sólo de Estados Unidos, y cualquier cantidad de voluntarios. ¿Y ahora, qué? ¿Cuántos argentinos que lucharon a brazo partido junto con los israelíes están ubicados? ¿Cuántos? Rafaelito Einsenstaedt, gran experto en televisión, está de acomodador en un cine. Pero, eso sí, apenas los israelíes necesiten un par de brazos para manejar ametralladoras en el Sinaí, le darán un puesto. ¿Y Gonzalo Kaplan? ¡Un doctor en filosofía y letras, empleado en un restaurante!”.

“Estás ofuscado, Alberto. Ni Rafaelito ni Gonzalo saben hebreo. No les pue…”. “No me interrumpás. Se acordarán de todos esos parias para distribuir bifes en Gaza. ¡Y la política! ¿Quién entiende a los israelíes? Cada partido es una madeja destripada por un gato. ¡Y hay tantos! ¿Has logrado entender algo del cotorreo de la Kneset? ¡Las palomas y los halcones! Además, Salo, los israelíes son groseros, pavorreales, malcriados, fanáticos. ¡Y ellos hablan del fanatismo de los árabes! ¡Viejo, con qué fanatismo! No soporto su orgullo, su engreimiento. Creo que me volveré a Buenos Aires”.

Ante el sombrío panorama israelí, el panorama argentino va surgiendo de los recuerdos con sonrientes y vivos colores. “¡Qué impaciente eres, Alberto! Ves el lado negro de las cosas porque eres egoísta. Ten un motivo para vivir, un aliciente. Si te buscas a ti mismo sólo encontrarás vacío. No podrás vivir ni en la Argentina ni en Israel si no arrojas tu coraza a los cuatro vientos”.

Había una vez en Teherán capital de Irán, nación conocida también con el nombre de Persia, sonoro y milenario nombre, una familia judía que por una de sus ramas estaba establecida en el país desde tiempos tan remotos que ni en memoria de hombre ni en papiro alguno se podía encontrar la fecha de su llegada.

Por otra de sus ramas descendía de judíos españoles de Toledo, quienes salieron de España hace muchos siglos, cuando una reina llamada Isabel expulsó de sus dominios a todos los judíos que no querían convertirse al cristianismo. Esa familia sefardí persa, de apellido Dodí, constaba de cuatro miembros: Jonatán el padre, relojero de profesión, Raquel la madre, un hijo llamado Yehuda y una hija llamada Débora.

En toda Persia, y en particular en Teherán, a partir de 1945 cundió en las juderías, como una epidemia, como una fiebre, el deseo de emigrar a la tierra de Israel, bendita sea ella. Pronto se constituyó un grupo de contagiadores que iban de casa en casa propalando las calenturas. Entre éstos, uno de los más entusiastas era Yehuda Dodí. De noche escribía e imprimía folletos. Y siempre que podía, con discreción o sin ella, instaba a viva voz a los judíos a retornar a Israel.

La semilla caía en tierra buena y germinaba. Sus éxitos no se podían contar. Sus fracasos sí, pero sólo con los dedos de una mano. Hubo un fracaso que llenó de amargura al fervoroso sionista: no pudo convencer a su padre, Jonatán. Su madre, Raquel, estaba acostumbrada a inclinar la cabeza en todo ante las razones o sinrazones de su esposo y señor, Jonatán.

Cuando en 1948, en los albores de la creación del Estado de Israel, los países árabes le declararon le guerra, se organizaron en Persia varios grupos de voluntarios para acudir en defensa del naciente estado. En uno de ellos, y como líder máximo, marchó Yehuda Dodí. Se fue a la guerra y nunca más se supo nada de él.

Una noche se presentó en la casa de los Dodí un hombre de mirar esquivo, un judío persa que había estado en la guerra de Israel. Con la vista clavada en el suelo contó por el espacio de una hora tragedias y desventuras. Después de muchos rodeos, por fin, al modo persa, dijo el motivo que lo traía a la casa de Jonatán Dodí.

“Yehuda ha muerto como un héroe, en el campo de batalla”, pero ya todos, preparados por los exordios y circunloquios, sabían la noticia antes de que él la diera. Durante muchos años no se pronunció en la casa la palabra “Israel”. Es decir, no se la mencionó referida al Estado de Israel, pues cuando se hallaba dentro de los conceptos antiguos se la mencionaba con respeto y veneración.

Muchos años pasaron, diez años. En 1958 Débora Dodí tenía 18 años. En esa época la palabra “Estado de Israel” volvió a sobrevolar sobre el hogar de los Dodí. Un joven, Yoram Pérez, ciudadano israelí, sefardí nacido en Turquía, se presentó en Teherán agitando con fuerza la bandera del sionismo. Volvió la epidemia. Los calenturientos ya se contaban por centenares.

Yoram Pérez no se presentó en la casa de los Dodí sólo como abanderado del sionismo. Se hizo notorio que sus visitas no se debían exclusivamente a su afán de invitar a los judíos persas a irse con sus huesos y bártulos a la tierra de Israel. El joven Yoram, pretendía, además, casarse con Débora.

Débora se volvió de repente adepta del sionismo. Parecía no acordarse de que su hermano Yehuda había fallecido trágicamente en Israel por culpa del sionismo. Ya se acercaba la fecha de la partida de los emigrantes. De esa caravana no formarían parte los Dodí, por decisión inquebrantable del jefe de familia. Jonatán estaba firme en su determinación. Yoram tuvo que partir con sus conversos sin Débora.

Yoram pensó que Débora no quiso irse con él, no por obedecer al viejo, sino porque no lo quería. Cayó en ese error por su desconocimiento de la mentalidad persa. Ya en Israel se olvidó por completo de Débora. Débora esperaba ansiosa el correo. Nunca llegó carta alguna. Más de dos meses transcurrieron. Débora se sentía desfallecer. ¡Cuántas veces se asomaba a la puerta en espera del cartero!

La radio, en su emisión de nuevo día anunció que el conocido sionista Yoram Pérez había caído en manos de los sirios. Un mes más tarde, el periódico publicó escuetamente la siguiente noticia: “El sionista israelí Yoram Pérez, conocido en nuestro medio por su labor propagandística a favor del sionismo, fue ejecutado ayer en Damasco”.

Débora se volvió huraña. Más reconcentrada que antes, masticaba largas horas de dolor. Una y otra vez, como con una puntiaguda aguja, hurgaba su herida, que por lo mismo, no cicatrizaba. Débora ya había estado a punto de casarse cuando contaba quince años. En esa ocasión, su padre se había empeñado en darla en matrimonio a un fabricante de alfombras, de las famosas alfombras persas.

Para evitar ese matrimonio Débora tuvo que llorar, ponerse de rodillas y negarse a colaborar en los trabajos de la casa. Su madre, quien a los comienzos se hallaba del lado del esposo, al ver que Débora se consumía de aflicción, tomó decididamente el partido de su hija. La ayudó a llorar, y también ella se puso de rodillas ante Jonatán. Conmovido, o cansado de bregar, Jonatán cedió y no se habló más del fabricante de alfombras.

Débora tuvo muchos otros pretendientes, pero ninguno de los que tocaron las puertas de su casa, tocaron la de su corazón, hasta que llegó Yoram Pérez. Sólo él la elevó hasta las cumbres del ensueño. Cuando Débora supo que Yoram había muerto en la guerra, su amor por él le hizo imaginar una muerte romántica. Yoram, antes de morir, pronuncia lentamente el nombre de la amada: Débora. Para ella, ésa era la verdad. En realidad, la última palabra que Yoram Pérez pronunció en vida fue: Israel.

En 1963 murió Jonatán Dodí. Débora era ya entonces secretaria comercial bilingüe, inglés y persa. Su madre abrió un comercio, imposibilitada como estaba de llevar adelante el negocio de la relojería. Con los ingresos de ambas vivieron modestamente varios años. Ese mismo año un médico rico y buen mozo pidió la mano de Débora. Dos días antes de la boda, el médico le mandó una carta larga, que en sustancia decía que ya no quería casarse con ella.

Esa noche, Débora, presa de la más negra desesperación, se echó a correr por las calles fuera de sí. Vio un edificio en construcción, subió a la azotea y se arrojó a la calle. Entre la vida y la muerte pasó tres meses en un hospital. Al salir de él se apegó a la vida y la amó. Su madre, más cansada de vivir que envejecida, cayó enferma. Fue internada en el hospital, donde murió a los dos meses.

Dos años más tarde, Débora se unió a un grupo de emigrantes que partían a Israel. No quería confesarse a sí misma que su intención era pescar marido en un ambiente nuevo. Su sionismo había muerto junto con Yoram Pérez. No era el deseo de trabajar por el engrandecimiento del Estado de Israel lo que la movió a establecerse en él.

Se inscribió en el ulpán Bet-Ha-Ajim de Jerusalén, lo que le permitía trabajar por las tardes. No pudo encontrar trabajo de secretaria. Vivía gracias a sus clases de inglés. En el ulpán conoció a un aviador francés, Henri Rossenblaum. Y vino el amor. Por tercera vez su corazón conoció la primavera. Cuando estalló la guerra de seis días Henri Rossenblaum fue uno de los pilotos civiles llamados por el ejército. Al tercer día de hostilidad cayó en Gaza. Débora, como todos, oía a cada hora el informativo de la radio Qol-Yisrael. Una voz indiferente e impersonal leyó en inglés la lista de los aviadores caídos. “Los demás regresaron a sus bases en paz”.

La noche está oscura. De rato en rato, haces de luz. No son relámpagos. Es la luz de los combates. Los ruidos no son truenos, son los bramidos de las armas. Desde la calle David-Ha-Mélej, detrás del Molino de Montefiore, se perciben los muros de la ciudad vieja. Desde la torre de David, los soldados jordanos lanzan su metralla al barrio de los sefardíes turcos.

Nadie transita por las calles. Sólo una mujer, con los brazos en alto. Llega al Molino de Montefiore. Toma la primera calle que encuentra. La calle, en bajada, con piedras desiguales, la hace trastabillar. Cae varias veces. Se levanta. Ya no camina, corre desenfrenada. Quiere ir al encuentro de las balas. Se halla junto a la cerca. Levanta la cabeza hacia la torre. Pide a gritos la muerte. La ametralladora responde, la mujer cae. Débora Dodí abre los ojos. Otra vez en un hospital. “¿Por qué no he muerto? Yo no quiero vivir.

Terminada la guerra, los judíos, tristes o alegres, pero esta vez en forma pacífica, invaden la ciudad vieja. Durante meses, creyentes o no, se acercan al Muro de los Lamentos y besan las sagradas piedras. Débora, convaleciente, toca reverentemente el muro. Recuerda una oración aprendida de niña. Una oración por los muertos.

La judía errante, la judía desarraigada, la judía que vuelve a preparar las maletas, la judía que vuelve a interrogar el horizonte, la judía que viajó de Teherán a Jerusalén, hace el viaje de retorno. La judía se va de Jerusalén. Llega a Teherán para empezar de nuevo. Han pasado dos años más. ¿Por qué la judía errante vuelve a tomar las maletas? ¿Por qué regresa a Jerusalén?

Débora Dodí vuelve a sus clases de hebreo en el ulpán Bet-Ha-Ajim, como alumna, y a sus clases de inglés como profesora. Está de nuevo en la clase alef, la de los principiantes. Todo lo aprendido antes se ha esfumado. Hay que comenzar de nuevo. Se encuentra muy sola. Nadie se interesa por ella, pero un día se da cuenta de que alguien quiere ayudarla, su vecino de asiento Carlos Ripoll.

Carlos Ripoll es un jesuita español, catalán. Sus amigos lo conocen por Carlets. Destinado a ser profesor de Sagrada Escritura en Tokio, prepara su tesis de doctorado: “El pecado, el arrepentimiento y el perdón en los salmos”. Tiene 36 años. En su rostro, perfectamente ovalado, se destacan sus ojos zarcos, casi siempre risueños. Alguna vez se entristecen. Entonces, su expresión recuerda la de un niño que hace pucheritos, pues también sus labios se ponen a temblar. De ordinario jovial y amable, se transforma de tarde en tarde en el pensador de Rodín. Mustio y alicaído, apenas habla, apenas saluda.

Terminados sus estudios de humanidades en el juniorado de Raymat, Lérida, fue destinado a Dublín, Irlanda, donde estudió filosofía. Tres años más tarde se hallaba en el Japón. Dedicó dos años enteros al estudio del japonés. La teología la hizo en Innsbruck, Austria, la tercera probación en Gandía, España.

Con sus títulos de licenciado en filosofía y teología se presentó en Roma con el objeto de sacar su doctorado en Sagrada Escritura. En el Instituto Bíblico de Roma hizo todos los estudios preliminares. Habiendo escogido los salmos como tema para su tesis, siguiendo los consejos del padre Wilhelm von Aretín resolvió estudiar a fondo la lengua hebrea, partiendo del hebreo actualmente hablado en Israel.

Ahora se encuentra en Jerusalén. Carlos Ripoll no era un lingüista como otros compañeros suyos. No se interesaba en los idiomas como tales. Era un exégeta. Un exégeta debe conocer bien varios idiomas, aquellos en los que se han escrito los libros de la Biblia y los principales idiomas modernos.

Le preocupaba el desentrañar el mensaje revelado. Quería penetrar en el mundo bíblico, en la profundidad de la palabra de Dios. Quería llegar al meollo del mensaje de Dios transmitido al hombre, transmitido por el hombre al hombre, en circunstancias diferentes, a través de culturas diversas. Siendo aún muy joven, Carlos se sintió extraordinariamente atraído por los salmos. Le ayudaban a elevarse a Dios. Gracias a ellos le era fácil alabar a Dios, admirar sus maravillas y cantar sus grandezas.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios. El firmamento anuncia la obra de sus manos. El día comunica al día el mensaje, y la noche transmite a la noche la noticia”. En sus momentos de depresión encontraba en los salmos su consuelo. “Dios es para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia, siempre a punto. Por eso no tememos si se altera la tierra, si los montes se mueven en el fondo de los mares, aunque sus aguas bramen y borboten, y los montes retiemblen a su ímpetu”.

Pero no todo es sencillo y claro en los salmos. A veces el salmista se deja arrastrar por la cólera y el odio, y pide entonces a Yahvé que descalabre a sus enemigos y los borre de la faz de la tierra. Un día en Raymat, el paraguayo Fernando Benítez, alma de exquisita sensibilidad, que concebía su vida como una total y permanente entrega de amor a los demás, le dijo que no le gustaban los salmos, que según su modo de ver no podía un cristiano hacer oración con ellos.

“¿Cómo voy a pedir a Dios que los que me hacen daño sean como la hierba de los techos, que se seca antes de arrancarla? Yo no entiendo el Antiguo Testamento. Yo hago mi oración con los evangelios y las cartas de san Pablo. El Nuevo Testamento ha corregido al Antiguo. Todo lo que hay de bueno en el Antiguo ya está en el Nuevo, corregido y aumentado. ¿Para qué voy a meditar los salmos? Todas esas crueldades me aterran. El cristianismo es amor. El cristiano no sólo tiene que perdonar a sus enemigos, sino amarlos”.

Carlos no supo qué responder, pero se dijo que había una respuesta, y que la hallaría. Cristo nos enseña a orar utilizando los salmos. Muere en la cruz recitando un salmo. ¿Por qué los salmos no han de ser la oración del cristiano? Desde entonces, además de meditar los salmos, se puso a estudiarlos con seriedad y dedicación. Siendo un estudiante de teología era ya un especialista.

Podía dar conferencias sobre los distintos géneros literarios y podía explicar por qué los salmistas, en su angustia, pedían que se desataran calamidades sobre las cabezas de sus opresores. El hombre ponía su confianza en Yahvé, su roca y salvación, y quería que el Dios justiciero acabara con los impíos. El amor total, la fraternidad y el perdón, llegaron con Cristo. El deseo de estudiar a fondo los salmos acabó por encaminarlo al estudio de la lengua en que fueron escritos.

”Son las siete de la mañana. Se abre la puerta del Pontificio Instituto Bíblico. Sale un hombre rubio, alto, grueso. Es el padre jesuita David Blumen. Se dirige a la calle David-Ha-Mélej. Llega al cruce de las calles Paul Emile Botta y David-Ha-Mélej. Atraviesa la calzada y se detiene junto a la parada de autobuses. Unos minutos más tarde aparece uno. El padre David Blumen sube, paga y se acomoda al lado de un judío ortodoxo de gran barba, peá [8] colgante de cada lado de las sienes, sombrero y levitón negros. Tiene en las manos un libro de oraciones.

El padre Blumen, como todas las mañanas, va a decir misa a un colegio de señoritas. Después irá al ulpán Bet Ha Ajím [9]a pasar clases de hebreo. El colegio de la Inmaculada Concepción, aunque está situado en pleno corazón de la parte israelí de Jerusalén, es árabe, pues las alumnas, sin excepción, y casi todas las religiosas, son árabes. El padre David Blumen no es árabe, es francés. No, en realidad no es francés. Es decir, es de nacionalidad francesa, nacido en Polonia. Vivió en su ciudad natal, Varsovia, hasta los ocho años. De ese tiempo recuerda su casa, su barrio. Se acuerda de su familia, de sus primos, de sus amigos. Se acuerda de su abuelo, el rabino Meshulam, quien se vestía como el señor sentado ahora a su lado. “Las peás del abuelo eran blancas y más largas”.

Recuerda muchas otras cosas, por ejemplo el estudio de hebreo en la yeshiva, de la ley, de las oraciones. Los ritmos semitonados y cantados, están pegados para siempre en su mente, en sus oídos y en su corazón. Tiene también recuerdos que desearía olvidar: los trenes. No le gustan los trenes. Nunca le gustarán. Viajó mucho en tren. Estaciones, ciudades, soldados de diferentes uniformes que hacen anotaciones, que empujan y gritan. Lyon.

“Una calle más grande que la nuestra de Varsovia. Una casa más chica que nuestra casa de Varsovia”. Era de un primo de su padre. La escuela. “¡Qué ropas más raras tienen los chicos!”. A él también lo vistieron del mismo modo. Le cortaron la peá, esos colgandijos que siempre le parecieron horribles. Le quitaron su kipá [10] nueva, regalo de su abuela Rut. En Varsovia todos se enojaban cuando no se ponía su kipá o una gorra.

En casa de su tío empezaron a hablar de los nazis, como en Varsovia, en voz baja. Otra vez los trenes. Montpellier. Una casa muy grande, en la que había muchos niños. Algunos le hablaban en yidish, otros en polaco, otros en francés. También había chicos que hablaban en idiomas para él incomprensibles. Los atendían unas mujeres vestidas de negro. David lloraba mucho y no quería comer. “¿Cuánto tiempo estuve en esa casa?”.

Lo llevaron a otra ciudad, Le Puy, a la casa de la señorita Jacqueline Giraud. Había una huerta grande. En la huerta encinas. Por una de las encinas David trepaba a un muro de piedras desde el cual se podía ver claramente un castillo, el castillo de Polignac. En su imaginación, David galopaba veloz en un corcel blanco, desde la casa de la señorita Giraud hasta el castillo de Polignac.

La señorita Giraud, cuando él estaba ya en la cama, lo besaba todas las noches en la frente. La señorita Giraud lo despertó una noche: “¡Vístete, vístete, rápido, rápido!”. “¿Por qué?”. Otra vez los trenes. En un pueblo, David y tres niños más, recibieron la orden de bajarse del tren. Un automóvil. Llegaron a otro pueblo. Caballos. Un niño lloraba todo el tiempo. Iban por un camino angosto, por las montañas, cuesta arriba. Era de noche. Otro pueblo, Benasque. Hacía frío. El hombre que lo llevó en su caballo le dijo que se encontraban en España.

Todo estaba cubierto de nieve. Al día siguiente, los otros tres niños siguieron viaje. El dueño de la casa era un señor Agramonte, que usaba mostachos en punta. En esa casa había otros dos niños refugiados: Gilbert y Anne. Eran franceses. Otra vez personas extrañas de visita. Anne le cuchicheó al oído: “Nos van a llevar a otra parte. Y así fue. La señora Agramante lloró mucho. Al despedirlos, rascó a cada niño en la frente, en forma muy curiosa. Anne le explicó después que lo que les hizo la señora Agramonte en la frente, era una costumbre nazarena que se llamaba signo de la cruz. “Hacen eso para desearle buena suerte a uno. Yo tenía una amiguita en Marsella. Su mamá le hacía el signo de la cruz cada día para que no la atropellen los autos y para que le vaya bien en la escuela”.

Llegaron a una gran ciudad llamada Barcelona. A él lo dejaron en la casa de una familia Juncás. A Gilbert y Anne los llevaron a Valencia. “¿Qué habrá sido de ellos?” La casa de los Juncás estaba en la calle de Gerona. Era una casa grande. En el salón había un piano. La única que lo tocaba era Asunción, la hija mayor. David se acordaba de su madre, sólo que su madre sabía tocar mejor.

En el salón había también un retrato de un señor muy enojado, que siempre miraba a David. Era un señor más calvo que el abuelo Meshulam. Lo seguía con su mirada furiosa a cualquier rincón de la sala. Tenía la barba blanca, igual que el abuelo, pero partida en dos. Una de sus manos se apoyaba en un bastón y la otra descansaba sobre una rodilla. David le sacaba la lengua y le decía: “malo”. Con todo, le gustaba ir a verlo porque le recordaba a su abuelo. Le gustaba conversar con don José Oriol. Así se llamaba el señor del retrato. Iba a verlo para tratar de escapar a su mirada y para decirle: “Mi abuelo Meshulam es bueno. Tú eres malo”.

David se fue acostumbrando a su nueva vida en casa de don Ramón Juncás. Primero estuvo en una escuela de monjitas, vestidas todas como una de las muñequitas de su hermana Dina. En 1947 los señores Juncás lo pusieron en el colegio de Caspe, de los padres jesuitas. En 1949, cuando él tenía ya quince años, el padre rector se presentó un día en la clase y lo llamó. Camino a su despacho le dijo: “Prepárate para recibir una sorpresa. Tu padre está aquí”. Cuando entró a la sala de visitas con el padre rector, don Ramón y un señor se pusieron de pie. No le cupo duda desde el primer momento. Ese señor era Elí Blumen, su padre. Lo habría reconocido entre mil. Esa entrevista marcó el comienzo de una nueva vida.

Su padre se lo llevó a París, donde tenía un negocio de anticuario en sociedad con un señor Marchowski, también judío polaco. No fue un retorno al mundo judío conocido por David de niño. Elí Blumen se había vuelto ateo. David no se sentía a gusto en compañía de su padre, de ese hombre hosco que hablaba poco, pero lo quería mucho y respetaba su silencio. Sabía perfectamente que había sufrido hasta la desesperación, hasta el encallecimiento del corazón.

La madre de David, Ester, había muerto en Aushwitz, en las cámaras de gases. De sus hermanos Nissim y Dina, menores que él, nunca se supo nada. Elí Blumen se hallaba en Estados Unidos cuando sucedió la tragedia. Muchos años estuvo buscando a su familia. Gastó mucho dinero. Viajes. Cartas. Llamadas telefónicas. “Pregunte a la Alianza Israelita Universal”. “Le informarán en la Sociedad de ayuda a los refugiados de guerra, Teodoro Herzel”. “No sabemos nada, lo sentimos. Seguramente han muerto”. “Les habrán cambiado de nombre y apellido”. “Sí, su esposa está en la lista de fallecidos”. “¿Cómo dice?” “¿Nissim Blumen? Hay cinco de ese nombre. ¿Qué edad tenía? ¿Cómo era?”. “No, no es ninguno de ellos”. ¿Dina Blumen? No, no figura en nuestras listas.” “¿David Blumen? Puede ser éste”. Le mostraron una fotografía. “Este es David. Sí, señor, estoy seguro, este es mi hijo David”.

David, desde que salió de Varsovia siempre había podido mantener las costumbres religosas que le inculcara su padre. En todas partes: Lyon, Monpellier, Le Puy, Benasque, Barcelona, había cumplido con sus prácticas piadosas, incluso había podido hacer su Bar-Mitzvá [11]. El señor Juncás lo había acompañado con ese motivo a Marsella. Los señores Juncás siempre se habían mostrado respetuosos y comprensivos en lo tocante a la religión de su pupilo.

Un sábado, cuando David rezaba en voz alta sus oraciones, su padre, con voz airada le pidió que repitiera lo que acababa de leer. David, un poco extrañado, leyó: “Bendito seas tú, Señor, Dios nuestro, rey del universo, que distingues lo sagrado de lo profano, la luz de las tinieblas, los israelitas de las otras naciones, el séptimo día de los días de labor. Tú distingues también la santidad del sábado de las otras fiestas. Tú has santificado el séptimo día con preferencia a los días de labor. También has distinguido y consagrado a tu servicio a tu pueblo, Israel. Bendito seas tú, Señor, que distingues entre lo santo y lo santo”.Terminada la lectura, su padre le arrebató el libro. Lo arrojó al suelo. Rojo de cólera, lo pisoteó. “¡Gracias!. ¡Distinguidos, separados de las otras naciones para ser conducidos al exterminio”. “Elegidos entre todos los pueblos para ser odiados y perseguidos, para morir en las cámaras de gases! ¡Gracias, gracias!”.

David Blumen nunca sabrá explicar cómo y por qué se convirtió a la Iglesia Católica. Simplemente, un día cualquiera sintió la necesidad de recibir el bautismo cristiano. Tomada ya su decisión, esperó más de un año, dedicado a la reflexión, a la oración. El día en que cumplió 17 años recibió el bautismo en Vals-Près-Le Puy. Eligió ese lugar porque allí tuvo su primer contacto con el cristianismo. La señorita Giraud fue su madrina, juntamente con don Ramón Juncás, su antiguo tutor. Esa misma tarde recibió un telegrama de París, firmado por Natán Marchowsky, del socio de su padre: “Tu padre gravemente enfermo. Ven pronto. Natán Marchowski”. Pudo recoger las últimas palabras de Elí Blumen: “Escucha, Israel, el Señor tu Dios, es el único Señor”.

Cuando David terminó sus estudios en la facultad de lenguas de París, fue llamado al ejército. Era la época de la guerra de Argelia. Sangre, odio, muerte. Incendios de casas. Gritos de mujeres y niños. Destrucción de poblaciones civiles. “Los soldados franceses torturábamos a los prisioneros”. Estuvo tres meses en un calabozo por negarse a torturar. Tres años estuvo en Argelia. Aprendió a amar a la población árabe. Llegó a hablar con soltura su idioma. Muchas veces, mientras caminaba, fusil al hombro por las calles de Argel, notó en todas las fibras de su ser la mordedura del sufrimiento ajeno. “Y yo, ¿no puedo hacer algo para mitigar tanto dolor?

La guerra con todas sus secuelas: división entre los hombres, odio a muerte, llanto, lo hizo reflexionar. La miseria en todas sus dimensiones y en todas sus formas, estaba patente ante sus ojos. El, David Blumen, culto, de carácter decidido y enérgico, que cree en la doctrina de Cristo, doctrina de amor, ¿se quedará de brazos cruzados, en actitud indiferente? Fruto de esas reflexiones fue su decisión de hacerse sacerdote. Y solicitó su admisión en la Compañía de Jesús.

Relámpagos que iluminan la noche son los recuerdos de la infancia, claridades repentinas en la oscuridad. Dina Blumen puede recordar su vida bien a partir de sus cinco años, cuando ya vivía con Kurt y Eduvigis Osterman, judíos piadosos. De antes, sólo le quedan imágenes inconexas, algunas muy vagas, otras rutilantes. Una escena le viene a la memoria, frecuentemente. En el centro de una gran sala está ella, pequeñita, asustada, sentada en una silla enorme. Sus manos se aferran del asiento. No llora. Más tarde, años más tarde, al reproducir en su mente ese momento, explicará que lloraba hacia adentro.

Frente a ella, detrás de un inmenso escritorio negro, un señor la mira a través de unos lentes gruesos. De rato en rato, mueve su corbata, nerviosamente. Le hace muchas preguntas. Tamborilea sobre el escritorio como quien hace galopar caballos. Una señora flaca, de nariz ganchuda, y que también usa anteojos, escribe en un cuaderno. A ratos la mira fijamente, pestañeando. Acabado el interrogatorio, el señor se pasa el pañuelo por la frente.

“Siempre lo mismo. No podemos sacarle nada más. Su nombre es Dina. Su padre se llama Elí Blumen y tiene bigotes. Es más o menos de mi estatura y es delgado. Su madre se llama Ester. El único dato que tenemos de ella es que es rubia. No sabemos si es alta o baja, gorda o delgada. Tiene dos hermanos, Nissim y David. Los dos son rubios y pecosos. Su abuelo se llama Meshulam. Es viejo, y tiene abundante barba blanca. Su abuela se llama Rut. Cojea al caminar. Usa bastón. Habla bien yidish y polaco. Eso es todo. Menciona a tres personas más, probablemente parientes o amigos de la familia: un hombre, Jacob, una mujer Lía, y una niña como ella, de nombre Judit.

Otro recuerdo fresco, como de ayer, es el encuentro con Karl y Eduvigis Osterman, judíos suizos. Karl se agachó y le regaló un dulce. Eduvigis le dio un beso en cada mejilla. La señora flaca de nariz ganchuda le dijo en yidish: “Estos señores serán desde hoy tus papás”. Fuera de esas dos escenas, todo lo anterior se le viene a la memoria en forma difuminada. Su madre, sentada en la cama, llorando. Su perrito Hansel, que ladra bravamente. Dos hombres que sostienen de los brazos a Nissim, que da puntapiés y muerde de la mano a uno de los hombres. Ella misma, que camina por una calle con una muñeca en la mano. Grita desesperadamente: “¡Mamá! ¿Dónde está mi mamá? ¡Mamá! ¡Mamá!”.

Jayim Cohen no tenía en Jerusalén más amigos que Salomón Burgos. Era cierto que conocía ya a bastante gente, sobre todo argentinos, pero no había intimado con nadie. Estudiaba en el ulpán por las mañanas. Por la tardes trabajaba en la biblioteca sudamericana. Trataba con mucha gente. En realidad, más que en Buenos Aires, pero a pesar de eso se encontraba más solo. Vivía en Kiriat-Ha-Yovel, en el edficio Olim Jadashim [12].

“Como su nombre lo indica, en esa jaula estamos encerrados los inmigrantes”. De ese “mare magnum racial y lingüístico”, como él lo calificaba, tenía que pasar al ulpán, donde se encontraba con otros ejemplares de lo que él llamaba “la fauna judía”. Conocía a poquísimos sabras[13]. Fuera del personal del ulpán y de la portera de su casa, los únicos sabras que veía eran los desconocidos de la calle. “¿Y de esos, cuántos son sabras? “

En cambio, en el ulpán tenía que alternar diariamente con norteamericanos, argentinos, franceses, marroquíes, persas, polacos, con árabes musulmanes o cristianos, y con cristianos de diferentes partes del mundo, entre ellos varios curas. En la biblioteca veía a argentinos y uruguayos, principalmente. De vez en cuando caían chilenos, mexicanos, judíos latinoamericanos con nostalgia de Latinoamérica.

En su piso de Kiriat-Ha-Yovel vivía una pintora suiza llamada Dina Blumen. Tenía la apariencia de un cisne, por su figura esbelta. Jayim la llamaba para sus adentros el cisne triste, debido a la indescriptible tristeza que emanaba de ella. El cisne triste aparentaba veintitantos años. Sus ojos soñadores y su permanente aire de distraída habían llamado en más de una ocasión la atención de Jayim. Y su tristeza. “Es una tristeza larga, oscura y profunda. Es una tristeza que, comparada con la mía, encarna mejor la idea, al modo platónico, de tristeza”.

Conversando una tarde con Salomón en la plaza de Kirait-Ha-Yovel, Jayim le dijo que antes de conocer a la chica suiza se tenía por el ser más desamparado del universo, sin familia, sin poder dedicar las horas del día a lo que le interesa, teniendo que vivir en un lugar desagradable, viéndose obligado a estudiar el idioma más absurdo que se habla en el mundo entero, sin posibilidades de realizar sus sueños. “Muchas veces me comparo con el cisne triste. Yo te tengo por lo menos a vos, un verdadero amigo. Contigo cambio impresiones, me desahogo, discutimos. Esa chica no tiene con quien compartir sus días, su vida. Es un cisne triste y solitario”.

Al oír esa palabra, Salomón recordó y recitó una poesía popular boliviana:

“Soy un hombre solitario.

No tengo padre ni madre.

No encuentro cuando camino

a ningún ser conocido.

No tengo en quién apoyarme.

Si en mi ruta veo un árbol,

es árbol que no da sombra”

“¡Exactamente! ¡Así es ella! Y yo quiero ser árbol que le dé sombra”.

David escribió en su diario el 1º de mayo de 1969: “Mis actividades siguen siendo las mismas y pocas cosas alteran mi rutina diaria. Llevo sólo cinco meses en Israel y me encuentro totalmente a gusto, como si siempre hubiera vivido aquí. Entre los israelíes me siento como uno más de ellos, plenamente identificado. Conozco a bastantes personas y tengo ya buenos amigos.

Con los sabras me entiendo perfectamente bien. Con contadas excepciones, mi condición de judío convertido al cristianismo no me origina inconvenientes. Algunos se extrañan, pero no pasan de ahí. Por supuesto, la mayor parte de los judíos con quienes trato no son jasidim [14]. Pienso que la actitud del jasid será claramente hostil. Hasta ahora, fuera de encuentros esporádicos, propiamente no he tratado con ellos, pero sé perfectamente cómo se comportan en tales casos, pues yo mismo provengo de una familia jasid. Al que abandona el judaísmo lo consideran bien muerto y enterrado. El convertido es visto como un renegado y tratado peor que un goy [15].

Mi cristianismo no corre aquí peligro de zozobrar. En la tierra de Jesús, tierra del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han integrado en mí, armoniosamente, en un solo compuesto, mi parte judía y mi parte cristiana, que durante mucho tiempo han coexistido sin fusionarse. Hasta hace poco había en mí como dos personalidades, que me conducían por caminos diversos y a veces antagónicos. Cuando me hice cristiano, una parte de mi yo se quedaba a la zaga, resistiéndose al sumergimiento total de mi herencia judía.

Tantos años he vivido ese conflicto, que creo poder por lo menos plantear el problema. Entré a la vida con ojos de judío. Mis padres y mis abuelos judíos me hablaron de Dios, me enseñaron a orar, a amar a mi prójimo, a hacer el bien, a ser honrado. Ellos, y no otros, fueron los que me encaminaron por el sendero del trabajo, del respeto a los demás y a mí mismo.

Toda mi vida he rezado en hebreo. Todavía no hablo bien el hebreo. Ahora estoy destrabando mi lengua, y al hacerlo me siento enormemente feliz. Siendo muy niño, no hablaba hebreo, pero sabía el significado de las oraciones, gracias a mi padre. Esas oraciones sí las entendía y las sabía de memoria. Más tarde aprendí a leer. No me refiero a la técnica de la lectura, a un procedimiento mecánico, sino que llegué a entender el hebreo de los libros de oraciones, en los que están incluidas muchas partes del Tanáj [16]. Sabía todo lo que sabe un niño jasid. En el mundo cristiano no hay nada comparable a ese fenómeno, el niño jasid.

Mi paso al hebreo moderno es una marcha triunfal con redoble de tambores. El hebreo de nuestros días está impregnado del Tanáj. Hay miles de cosas en una persona, en un pueblo, que tienen la marca indefinible, pero precisa, de un algo, de un no sé qué, cultura, herencia religiosa o atavismo. Inclusive en el judío ateo, si ha tenido una infancia religiosa, o si por lo menos ha vivido en ambiente judío, por ejemplo el gueto [17] de Varsovia, cualquiera que sea la clase social a la que pertenezca, persisten esas características.

Entre judíos, que por generaciones han abandonado la práctica de la religión, si es que conservan, aunque sea costumbres sociales de origen judío, existe ese algo. Al ateo de origen cristiano se le nota ese su origen cristiano. Muchos de sus conceptos, su manera de enfocar la vida en múltiples aspectos, son cristianos, porque la sociedad a la que pertenece tiene cimientos cristianos.

Estoy descubriendo una cosa maravillosa: mi idioma. Hay un perfecto casamiento entre mi personalidad y este modo de expresión. Se trata de un eureka [18] dicho a gritos desde lo más profundo de mi ser. El hebreo no es uno más en mi ya larga lista de idiomas. Es mi idioma, por excelencia, aunque sea el que hablo menos correctamente.

Si por idioma materno entendemos no el de la madre ni el del país de nacimiento, sino el primero que uno habla, entonces yo tengo dos idiomas maternos: el yidish y el polaco. Aprendí esos dos idiomas simultáneamente. Los dos se hablaban en la casa y en la calle. Otros judíos polacos tenían al yidish como el único idioma de la familia. Y otros, los que vivían fuera del gueto, hablaban únicamente polaco.

¿En qué idioma aprendí a leer? En hebreo. Antes de la segunda guerra mundial yo hablaba yidish y polaco, pero no hebreo. En cambio, no podía leer en polaco, pues nadie me enseñó los caracteres latinos. Podía leer el yidish con caracteres hebreos. Leía el hebreo y lo entendía, pero no lo hablaba. Los idiomas que mejor hablo son el francés, el castellano y el catalán, no mis dos idiomas maternos, yidish y polaco, que aprendí de niño y después practiqué poco.

Aprendí francés, castellano y catalán entre los 9 y 15 años, y siempre he tenido ocasión de practicarlos, sobre todo los dos primeros. Total, que a la edad de 16 años era ya todo un políglota sin haber hecho otra cosa que oír, hablar y leer, como todos los niños. Nada de talento especial. Mucho más tarde aprendí inglés.

Algunas veces he envidiado a las personas que no saben más que un idioma, principalmente en los momentos en que sentía la necesidad imperiosa de escribir, de escribir para mí, sólo para mí. Mis diarios son el reflejo de la falta de idioma propio, de idioma íntimo para el diálogo conmigo mismo. He escrito en todos los idiomas que sé, menos en hebreo, yidish y polaco. Ahora mi diario escribo en hebreo.

Durante mis estudios de jesuita aprendí algo de latín y de griego. Aprendí algo de árabe cuando estuve en Argelia. Veo que el de aquí es bastante diferente y me confundo un poco. Otra cosa que he encontrado aquí es una patria. Yo era un apátrida, no tenía un país al que pueda llamar m país, mi tierra. Hasta mi llegada a Israel yo era un perfecto apátrida. Soy ciudadano francés. A Francia la quiero mucho, pero me establecí en Francia a los quince años. Quiero a España tanto como a Francia. Si he viajado hasta la fecha con pasaporte francés y no español, eso se debe a que cumplí los 21 años en Francia y no en España, y a que allí hice mi servicio militar.

Quedaría Polonia. El haber nacido en Polonia nadie me lo borra, pero mi cariño a Polonia no es comparable a la de un polaco auténtico, como era, por ejemplo mi padre. El no recibió improntas de ningún otro país. Era polaco de una pieza. Yo me siento israelí. Me siento israelí de la cabeza a los pies. Esta es mi tierra, bendita sea ella. Esta tierra, a la que todo mi ser llama mía, es la tierra de Jesús, mi Señor, mi Maestro y mi Dios.

Por el momento no sé nada de política y prefiero no saber nada. Estoy en relación con los católicos de lengua hebrea. Aquí en Jerusalén hay alrededor de un centenar, casi todos judíos convertidos al catolicismo, pero hay también descendientes de los católicos polacos, colonizadores traídos por los ingleses antes de la independencia de Israel, con el objeto de contrarrestar a la inmigración judía. Se está formando una Iglesia Católica israelí. Hay una decena de sacerdotes, judíos de nacimiento como yo, entregados de lleno a este apostolado.

Yo también quiero trabajar con ellos, pero sin cerrarme a otros grupos. Por esa razón trabajo tanto con los católicos judíos como con los católicos árabes. Por ahora siento que mi deber es estar con ambos. Hay católicos latinos de lengua árabe y de lengua hebrea. Los de lengua árabe constituyen la mayoría y los de lengua hebrea la minoría. Todos dependen del patriarca Gori, un franciscano italiano, árabe de corazón, que entiende poco a la minoría católica hebrea.

También hay católicos de otros ritos, conocidos como uniatas. Uniata es el cristiano, que manteniendo su rito, está unido al papa. Los más numerosos son los uniatas de rito bizantino. Los cristianos de rito bizantino aquí son conocidos como melkitas (históricamente dependientes del rey de Bizancio). Hay melkitas de lengua árabe y de lengua griega. Y por lo tanto, hay melkitas uniatas de ambas lenguas. Creo que todos estos melkitas dependen de un mismo patriarca.

Hay también cristianos de otros ritos: los armenios y los coptos. No sé si entre ellos hay uniatas aquí. Ciertamente, hay católicos uniatas de rito armenio y de rito copto en otras partes, por ejemplo en Egipto. Por ahora trabajaré únicamente con los católicos de rito latino, árabes y hebreos. Tal vez más tarde me pondré en contacto con los católicos melkitas de lengua árabe. Mi griego es muy deficiente.

Dina se dijo: “¿Esto es entonces estar enamorada? Un día lo ves, o quizás lo viste antes y no te fijaste en él. Un día lo ves y te fijas en él. Lo ves otras veces más, y desde entonces siempre te fijas en él. Te cruzas con él en el pasillo. Tus ojos y sus ojos se miran mutuamente. Lo ves en la plazuela, de lejos. Está dirigiéndose a la parada de autobuses. Te detienes para observarlo. Tu mirada lo sigue. Casi todos los días te encuentras con él a las ocho de la mañana. Empiezas a preguntarte: ¿A dónde irá?

Tú sales con tu caballete portátil y tu material de pintura. Un nombre revolotea en tu mente: Jayim Cohen. No te costó nada averiguarlo. Viste muchas veces que sacaba cartas del casillero de la portería marcado con ese nombre.

Generalmente vas a pintar a la ciudad vieja. Cuando estás sentada en una antigua grada de piedra de esas calles sin tiempo, que tanto te fascinan, y estás dibujando la silueta de un burro cansado o el rostro paciente de un mendigo musulmán, que parece tan sin tiempo como su propia ciudad, de pronto te detienes. Tus manos se detienen. Abandonan la paleta y el pincel. Cierras los ojos un momento a fin de que no vean lo que estando abiertos podrían ver. Y con los ojos de tu imaginación hacer surgir en un rincón de tu mente la figura de Jayim Cohen, tantas veces percibida. Vuelves a tu trabajo, tratando de no pensar en él, de concentrarte en tu cuadro. ¡Cuántas veces has creído que el peatón que avanza por la calle empedrada y empinada es él, pero no es él ”.

Salomón y Jayim se encontraban en pleno corazón de la ciudad vieja. Salomón, charlatán impenitente, aceptaba la más mínima ocasión que se le presentaba para entablar conversación con cualquiera. Aceptaba fácilmente la invitación de los mercachifles a echar un vistazo a sus tiendas. Preguntaba precios. A veces compraba algo o simplemente tomaba una tacita de café turco, ofrecida por los solícitos comerciantes. Mientras Salomón pregunta cómo se fabrican las diferentes chucherías, Jayim, cigarrillo en mano, mastica su descontento, su furia. Muchas veces Jayim lo agarraba fuertemente del brazo y lo arrastraba literalmente, abriéndose paso con la palma en lanza, por entre la apretada muchedumbre.

A Salomón le encantaba la ciudad vieja, y en ella prefería los barrios más congestionados por los mercaderes y compradores, salidos de las páginas de “Las mil y una noches”. Parecía sordo al griterío desacompasado de la multitud. El rebuzno más horrendo, que rasgaba los tímpanos de Jayim, parecía sonarle como el más melodioso vals austríaco. Su nariz parecía incapacitada de percibir el multimilenario vaho, sólido, pestilente, acumulado día tras día desde la noche de los tiempos. Parecía insensible a los golpes y empujones de los nada pacíficos transeúntes.

Salomón y Jayim se internan por la calle El-Waad. Desde la mezquita de Omar llega la voz del muesín[19] que entona las suras [20] de la tarde en honor a Alá Ahora hay que evitar tropezarse con los fieles musulmanes, que rostro en tierra se unen al muesín en sus plegarias. Desde la mezquita aes ees y oes entreveradas con jotas guturales avanzan procesionalmente hasta los oídos de Jayim. Enojado, le dice a Salomón “¿Cuántas veces te he dicho que tengo ya bastante con el hebreo?” Un jasid da un empellón a Jayim y sigue adelante. “¡Estos tipos de Mea Shearim!” [21].

Otro jasid le da un codazo y sigue su camino, codazo va, codazo viene, rumbo al muro de los lamentos. Lleva el sombrero negro de anchas alas metido hasta las cejas. Su barba rojiza y su vientre voluminoso abren la marcha. Sus manos se mueven como remos. Más parece un pirata que un hombre de oración. Formando contraste con él, otros dos jasidim [22] caminan con aire circunspecto, limpios y pulcros, con sus sombreros y levitones de negro inmaculado y sus zapatos lustrados.

Salomón se detiene en una esquina para tomar un café humeante que ofrece un vendedor ambulante. Jayim tiene que detenerse también, pero él no toma café. Salomón observa a su alrededor. Le gusta fijarse en la gente, en ese pope [23] ortodoxo griego, que agita las mangas anchas y puntiagudas de su venerable veste, en ese padre franciscano que va murmurando “scusi, prego” [24], como si fueran piadosas jaculatorias, en ese jasid de origen ruso o polaco, cuyo sombrero de piel recuerda al de Gengis Khan y a sus hordas mongólicas, en ese árabe ciego, bastón por delante, que no cede en venerabilidad ni a los otros jasidim, ni a popes ni a franciscanos.

Se fija en ese árabe de cabeza erguida, viene, oh súbditos, vuestro señor, coronada por un fez rojo que tiene como aditamento un turbante blanco, señal de que sabe el corán de memoria, en esos dos samaritanos de trajes talares azules, Laurel y Hardy orondos y seriecitos, en ese cargador andrajoso que lleva a sus espaldas un inmenso cajón, del cual emerge por delante una varita que se va moviendo arriba y abajo, a la izquierda y a la derecha, ahora suave, ahora enérgica. Un árabe gordo siente el cosquilleo en las canillas y deja el camino libre al del cajón. Palabras. Salomón, sin saber nada de árabe, cree entender su significado.

Salomón le dice algo a Jayim, riendo. No obtiene respuesta. Jayim se ha esfumado. Salomón se pone de puntas y alza la cabeza. Con la mano a modo de visera avizora el horizonte de cabezas. Es inútil gritar. Salomón sigue su marcha. En su rostro se dibuja una sonrisilla. Ya que se encuentra solo, decide ir al muro de los lamentos, sitio al que jamás puede ir en compañía de Jayim.

Dina Blumen salió ese día de su departamento de Kiriat-Ha -Yovel a las tres de la tarde. En la parada de autobuses esperó diez minutos, sumida en sus pensamientos. Llegó por fin el autobús número 7. Dina subió, golpeó a alguien al acomodar su caballete y su maletín de pintura. “Disculpe” dijo en alemán. Se le ocurrió que debía haberlo dicho en yidish, en polaco o en hebreo. Se acordó que una vez una señora la miró como ofendida por haberse expresado en alemán. Otra señora le dijo al oído en voz baja, en alemán: “Muchos judíos alemanes no toleran ya nuestro idioma. El pasado…¿Ud. comprende?”

Sí, Dina comprendía, pero no todos sabían yidish o polaco. El hebreo es para ella un muro sin resquicios. Muchas veces ha llegado a llorar de desesperación. Está ya convencida de que nunca podrá aprender hebreo. ¿Y a dónde ir? No se moverá de Israel. Está resuelta a quedarse hasta encontrar a su familia. Toda la vida ha estado esperando verlos. Dina ha hecho todo lo humanamente posible para encontrarlos. Jerusalén es el último recurso. Tiene una esperanza absoluta, una fe inconmovible.

Dina pensaba ir a la ciudad vieja. Pensaba pintar, una vez más, el muro de los lamentos. Sin razón alguna, porque sí, cambió de parecer. Iría al monte de los olivos, y desde allí pintaría toda la ciudad vieja. Si esa idea se le hubiera venido antes, habría tomado el autobús 9 que la habría dejado cerca de la parada de autobuses árabes. Se metió en la riada humana. Tomó después la calle del mercado viejo. Siguió por la calle Suq-Khan-Ez-Zeit. Legumbres, canastas, gatos, perros, niños mendigos. “Give me money”. Ciegos, cargadores, empujones.

Su caballete y su maletín pesan demasiado. Avanza penosamente. Un chico se ofrece a llevar su maletín, otro su caballete. Con sus dos escoltas desemboca en la puerta de Damasco. La ciudad árabe moderna es un estallido de luz. El ruido de los automóviles sustituye al de las voces humanas. Los tres atraviesan la avenida Sulimán. Dina paga a los chicos. Ahora Dina está apretujada dentro de un autobús árabe. El autobús sube una cuesta. Parece fatigado, pero animoso y decidido. El chofer, menudito, detiene el valiente vehículo en la plazoleta del Hotel Intercontinental.

Dina, después de recorrer con la vista el amplio horizonte, baja de la carretera por un sendero esmirriado. Al final del declive, en una hondonada, en el cementerio judío se exponen al sol un centenar de tumbas. Dina deposita su carga junto a una lápida de la cual el sol, la lluvia, la negligencia de los hombres, el tiempo, han borrado la inscripción.

La pintora se instala lo más cómodamente posible y empieza su trabajo. El lápiz va trazando en el lienzo el contorno de la muralla. Se va esbozando la cúpula de la roca. La pintora interrumpe el movimiento de su mano. Deja descansar la espalda en la lápida de un Isayahu Horowitz.

¿Por qué la atrae el muro de los lamentos? Se incorpora y retoma el lápiz. Desde el cementero no se puede ver el famoso muro, pero está allí, detrás de la cúpula de la roca, en el corazón de ese ínfimo territorio, la vieja Jerusalén, rodeada de murallas. Alrededor de la ciudad vieja crece, pujante, la ciudad nueva.

Dina vuelve a dejar el lápiz junto a su pies. Sus manos reposan sobre sus rodillas. Contempla la ciudad. Algo en ella la impele a cantar. En el silencio del viejo cementerio, en el que el único ruido, que es el del viento, no turba la paz, brota un cántico religioso. Se prende de los aires y en sus palmas se desliza sobre las lomas en dirección a Jerusalén.

Vueltos al mutismo los labios de Dina, son sus pensamientos los que emprenden el vuelo. El cementerio le hace pensar en sus seres queridos. Su madre Ester, su padre Elí, sus hermanos David y Nissim. Apenas se acuerda de sus caras, pero no olvidará jamás sus nombres ¿Viven? ¿Han muerto? ¿Habrán escapado de la muerte, como ella? Si viven, ¿dónde están? ¿Dónde pueden estar sino aquí? Si no se han olvidado de mí, ¿dónde pueden estar sino aquí? Si no se han olvidado de mí, si me buscan, ¿qué otra ciudad puede ser el lugar de nuestro encuentro? ¿Qué otra ciudad puede atraer a los judíos sin hogar?

Jayim se alejó del embobado Salomón, que disfrutaba viendo formas de barbas y narices. Se metió en el caudaloso río humano. Pronto se encontró en callejas menos concurridas, hasta verse en el barrio musulmán, llamado “habitado”, pero a esas horas el nombre no parecía apropiado, pues todos, por lo visto, se hallaban en la zona comercial, comprando o vendiendo.

Calles oscuras y silenciosas. Dos niños juegan fútbol con una pelota desinflada. Una viejita encorvada baja dificultosamente las gradas. Por el lado contrario dos hombres suben conversando acaloradamente. Jayim va a dar a una calle ancha, en la que hay comercios, pero pocos. Dos hombres de edad juegan shesh besh.

Más allá un viejo mira o parece mirar a los transeúntes fumando su narguilé. Jayim sale de la ciudad vieja por la puerta de Los Leones, llamada también puerta de San Esteban. Camina pasito a paso por la carretera que lleva al monte de los olivos. Rumia sus angustias e incertidumbres de siempre, y piensa por momentos en el cisne triste de Kiriat-Ha.Yovel, al que le gustaría consolar. Se aparta de la carretera. Cruza un terreno baldío. Sube la cuesta. Se detiene para descansar un rato y deja vagar la mirada.

Divisa al cisne triste y solitario. Dina Blumen se halla en el antiguo cementerio judío, sentada sobre la tumba de un judío olvidado. Pinta un cuadro. La mirada de Jayim se detiene en la pintora, cuya cabellera rubia es agitada por el viento, esa larga cabellera que le da apariencia de gacela. Cisne y gacela, igualmente grácil, igualmente solitaria.

Jayim, con su saco en el brazo derecho baja del repechón, da saltos, corre, se desliza, cae sentado, se levanta. Abre los brazos para mantener el equilibrio, y llega por fin al llano dando un último salto, como un avión que aterriza. Al oír el ruido, Dina mira hacia atrás. Lo reconoce, puesto que con un pincel en la mano le hace un signo, que obviamente es un saludo.

Jayim se sienta sobre la tumba de un tal Yaacov R. Meyer, fallecido en 1917. El cuadro está casi terminado. Se ve en el centro la ciudad vieja, amurallada. De entre las manchas cafés, grises, rojas y blancas, que representan las casas apelotonadas, emergen la cúpula de La Roca y la mezquita de Al-Aksa en la explanada del templo.

El muro de los lamentos, que desde donde están Jayim y Dina no se ve en el paisaje, aparece en el cuadro en posición central, grande y amarillento. Pegados al muro, como formando parte de él, judíos ensombrerados. Son manchitas azules y moradas, muy oscuras, casi negras.

La basílica del Santo Sepulcro, campanarios, minaretes. En primer plano las dos iglesias cristianas de Getzemaní, la bizantina con sus cúpulas grises, la católica, achatada y blanca. Más allá, como un gran brazo, no se sabe si opresor o protector, la ciudad moderna con sus dos sectores, israelí a la izquierda y árabe a la derecha, rodea a la ciudad vieja.

Jayim no posee más que dos medios de comunicación verbal: el castellano y el inglés. Este último es un medio sumamente imperfecto. Se dirige a Dina en castellano y en inglés sin obtener más respuesta que una negación de cabeza. En su incipiente hebreo Jayim le dice; “Yafé meod” [25] La pintora le contesta: “Todá rabá” [26]

Se dicen algunas palabras más pero no surge una conversación propiamente dicha. El hebreo de Dina es más pobre que el de Jayim. Jayim ha captado que ella también le ha hablado en diferentes idiomas. Ha reconocido el yidish y el alemán y no el otro idioma, que según él puede ser el ruso.

Reducidos al silencio, contemplan la ciudad. Es ya el atardecer. Con la caída del sol la oscuridad se extiende poco a poco, llega al valle del Cedrón, cubre la tumba de Absalón, el hijo del rey David. Asciende a Getzemaní y llega al cementerio judío. Desde abajo llega el sonido de las campanas de Jerusalén. Melancolía. Jayim y Dina empiezan a bajar.

En el muro de los lamentos, Salomón, con su kipá azul, que se le cae al menor movimiento, reza en su ritual sefardí. Ya no se fija ni en los rostros ni en las vestimentas. Completamente abstraído, hace caso omiso de lo que hacen los jasidim y los yemenitas [27].

“Ansío que el Eterno escuche mi voz, mis súplicas, que incline su oído hacia mientras yo lo invoco todos los días de mi vida. Los lazos de la muerte me cubrieron. Las angustias del Sheol me acorralaron. Sentí sufrimientos de agonía y dolores pero invoqué el nombre del Señor”.

Un yemenita de voz gangosa, libro abierto en mano, inclinaba la cabeza profundamente hacia delante, se erguía, giraba la cabeza de un lado a otro, volvía a inclinarse, volvía a erguirse. Gritaba, clamaba. Su voz adquiría a ratos el tono del llanto. Sin embargo, Salomón no sale de su concentración. “El Eterno es todopoderoso. Nos ilumina con su luz”.

Salomón se retira del muro de los lamentos. Se encuentra otra vez en la calle El-Waad. Dobla una calle. Dobla otra. Se encuentra ahora en la de su tocayo, el rey. Avanza. En el cruce de las calles Rey Salomón y Suk-Khan-Ez-Zeit se encuentra la tienda de Ibrahim Husseini. Sentado junto a su tienda, Ibrahim fuma pausadamente su narguilé.

Como siempre, Salomón se detiene en la esquina del frente, en espera de que Ibrahim se aperciba de su presencia. Ibrahim, con mirada experta se va fijando en los transeúntes. Es muy importante saber descubrir a los posibles clientes. Ve a Salomón Burgos, el judío boliviano, su condiscípulo del ulpán.

“¡Shlomó!” [28], grita en hebreo. Un jasid se siente interpelado. Ibrahim, con gestos rápidos de la mano, le indica que no es a él. Deja su narguilé y se levanta de su asiento, a fin de recibir con toda cortesía a Salomón que se acerca. Le habla en hebreo, en ese hebreo de palabras aisladas y conjugaciones simples de los debutantes, que es mejor que el de Salomón.

“Shlomó, placer. ¿Quieres un café, no es verdad? ¿Y dónde está tu amigo Jayim? Por favor, sentarte. Traigo un café turco. Con la mano abierta le indica que lo espere y se aleja. No tarda en regresar seguido por un chico que trae como una gran bandeja redonda, de madera, que tiene un largo mango en el centro. Salomón se dispone a tomar su sexto café del día.

“Shlomó, estoy triste. La bomba en el super market. Cinco heridos grandes y una niñita muerta, niñita de dos años. Yo te digo que bombas en el super market no está bien. En el Sinaí, en el desierto, está bien. Guerra palestina es muy justa, pero estas cosas no ayudan la santa causa”.

El tiempo corre. Ya la noche despachó a la tarde. Disminuye el número de transeúntes. Ibrahim, el árabe jerosolimitano [29], y Salomón, el judío boliviano, siguen hablando del problema palestino. “Shlomó, yo soy partidario de que se divida este país en dos. Los árabes no podemos vivir bajo un gobierno israelí. Tampoco permitiremos que nos expulsen de nuestra tierra. Los judíos han invadido nuestro país sin ningún derecho, pero como nunca será posible para nosotros expulsarlos, hay que partir el país. Palestina debe ser un país independiente, independiente de todos, de los jordanos, de los egipcios, de los israelíes, de todos. Tú, ¿qué dices?” Salomón expone su teoría de un cogobierno al modo libanés.

“No, no. En un cogobierno querrán participar todos. Los judíos sefardíes se pelearán con los judíos askenazíes más que ahora. Los sabras se volverán más caprichosos. Los sionistas [30] no querrán mucha intervención de los árabes. Habrá peleas entre judíos religiosos y judíos no religiosos. Los árabes nos pelearemos entre musulmanes y cristianos. Los musulmanes nos pelearemos entre sunnitas y chiitas. Los cristianos se pelearán entre ellos. Grupos políticos nacionales, religiosos, raciales, son muchos. Ese sistema no es bueno. Tal vez en el Líbano es posible, pero dudo. Los musulmanes no quieren a los maronitas [31]. Aquí no es posible”.

La voz de Jayim interrumpe la charla. Ahí están de pie Jayim y Dina. Jayim hace las presentaciones. No hace más que nombrar a las personas: “Ibrahim, Shlomó, Dina”. Los recién llegados aceptan un café. Salomón toma se séptimo café del día.

Jayim le dice en castellano a Salomón: “Dina quiere ir el domingo a Belén. He pensado ir con ella. Tal vez podrías acompañarnos y así me sirves de guía”. “De mil amores. Podríamos invitar también a Ibrahim. Conoce Belén al dedillo. Tiene parientes en Belén. Es un excelente cicerone”. Salomón expone en hebreo el plan a Ibrahim. A Dina le explica los detalles con ayuda de papel y lápiz. La reunión será el domingo, a las 8 de la mañana, en la puerta de Yafo.

El sol se va poniendo. El monte Scopus, desde el cual los invasores de todos los tiempos tomaron Jerusalén, adquiere tonalidades rojo y violeta. Como un manto de melancolía el atardecer baja al monte de los olivos. Desde la azotea del Instituto Bíblico David contempla la ciudad vieja. Está sentado en un viejo sillón de mimbre. Sobre sus rodillas reposa abierto el libro de los salmos. David mira la ciudad santa. Medita en las palabras del versículo 6 del salmo 122:

“Rueguen para que haya paz en Jerusalén. Que la quietud acompañe a los que te aman. Que reine la paz dentro de tus muros. Y fuera de tus muros, Jerusalén”, añade David. “Dentro y fuera de tus muros, en cada casa, en cada persona. Shalom. Salam. Paz. La paz a ustedes, hermanos judíos, shalom alejem [32]. La paz a ustedes, hermanos árabes [33] salam alekum.

Por la calle de los armenios grupos de judíos regresan del muro de los lamentos. “La paz a ustedes, hermanos judíos ortodoxos”. Suenan las campanas de Jerusalén. “La paz a ustedes, hermanos católicos”. Un sacerdote griego ortodoxo sale de la puerta de Yafo. “La paz a ustedes, hermanos ortodoxos griegos”.

Jerusalén está ya casi a oscuras. David eleva su oración por todos los cristianos que viven en Jerusalén, por los católicos de rito romano, de lengua árabe y de lengua hebrea, por los maronitas [34], por los cristianos protestantes de todas las denominaciones, por los coptos egipcios, por los coptos etíopes, por los armenios, por los ortodoxos griegos [35], por los ortodoxos melkitas[36], por todos los uniatas [37]. Pide por los judíos askenazis, sefarditas, yemenitas, etíopes, por todos los judíos orientales. Pide por los musulmanes sunnitas[38] y chiitas [39].

Por la puerta de Yafo sale un río de gentes, entra un río de gentes. Judíos. Arabes. “¿Hay odio en esa gente? Hoy estalló una bomba en un super mercado. No hay paz. No hay paz en ti, Jerusalén de oro, de bronce y de luz, ¡Qué hermoso y que agradable es que los hermanos vivan juntos! ¿Por qué no lo hacen? Que haya paz en las personas. Señor, te pido por los que sufren. Te pido por Carlos Ripoll, tu sacerdote. ¿Qué puedo hacer por él? ¿Cómo darle la paz que busca? Me siento como una fuente seca. De mí no brota el consuelo. No brota la luz. Me siento impotente ante el sufrimiento. ¿Qué hacer? Ayer habló conmigo. Pareció animado, tranquilizado, pero su problema no se resuelve. Inspírame para que mi palabra lo fortalezca y oriente. No mi palabra. Háblale tú, guíalo, condúcelo por el camino que lleva a la plenitud de tu conocimiento y de tu amor. Y te pido por mí, Señor Jesús. Que mis pensamientos, mis palabras y mis acciones vayan siempre encaminados a amarte y hacerte amar”.

La azotea está en penumbra. David baja por una escalera de caracol. Al llegar al corredor se encuentra con el padre superior. “David, venga a mi cuarto esta noche a las 9. Quiero hablar con usted de un asunto importante, muy importante”. A las 9 punto David golpéo suavemente la puerta del cuarto del padre superior. Se oía el tecleo de una máquina de escribir. Volvió a llamar. Tres golpes. No le respondieron. Volvió a tocar más enérgicamente, tres veces. “¡Entrez, avanti, come in!”.

El padre Kovacevic siempre contestaba en tres idiomas cuando llamaban a su puerta. David entró. El padre Kovacevic lo miró por encima de sus lentes y con un movimiento de ojos y de cejas lo invitó a tomar asiento. Siguió escribiendo a máquina. David, instalado en un viejísimo e incómodo sillón rojo, se preguntaba por qué el padre superior había roto su costumbre de no recibir visitas de la 8 en adelante. Por fin, el padre Kovacevic puso término a su trabajo. Tapó cuidadosamente la máquina de escribir y la puso sobre una mesita que había junto a su escritorio. Se repantigó en su sillón y cruzó las manos sobre su vientre. David pensó que esa posición, que parece apropiada en un hombre obeso no casaba con la figura ascética y apergaminada del anciano padre Ivo Kovacevic.

“Usted me llamó”, dijo David en francés. El padre superior adelantó un poco su tronco y tomó una postura erguida, más acorde con su tipo. Descruzó las manos para volver a cruzarlas delante de la boca. Luego, casi ritualmente, levantó los índices, con los que afiló cinco veces, con suavidad, la punta de la nariz.

“Sí, padre”, contestó en francés con su voz cascada y sin levantar sus manos. Siguieron minutos de silencio. Las manos del padre superior entraron otra vez en movimiento. De una cajetilla árabe, Farid, sacó un cigarrillo. Ya lo iba a llevar a la boca, pero se detuvo en seco. “Disculpe”. Y adelantó la cajetilla para ofrecer un cigarrillo a su visitante. David rechazó el ofrecimiento y sacó su propia cajetilla israelí, Escot.

El padre Kovacevic seguía sin entrar en materia. Encendió con calma su cigarrillo y después el de David. En ese instante David se sintió como en el noviciado cuando el maestro de novicios o el padre ministro lo convocaban a uno para darle una noticia importante o para reconvenirlo de algo.

“¡Bien!. Lo he llamado porque quiero hablarle de un asunto muy importante, muy importante y muy enojoso, y confidencial. En tres palabras quiero saber qué opina usted del padre Ripoll. Quiero decir, de su comportamiento en el ulpán. Seré claro, muy claro. Creo que algo anda mal. No hablo de sus estudios, que tampoco deben andar muy bien. Me parece que no estudia mucho. Me parece que pierde tiempo. Antes lo veía mucho en la biblioteca. Quiero decir…Me refiero más bien a otra cosa”.

El padre Kovacevic dio una chupada larga a su cigarrillo, miró el techo y luego clavó sus ojos en los de David. “Pienso que el padre Ripoll está enamorado. ¿Qué piensa usted.” Con dos golpes en el cigarrillo, David hizo caer ceniza en el cenicero. “¿Qué cree usted? Le diré que lo he visto tres veces en la calle con una joven, con la misma. Le diré que he oído, que he oído que un padre, que un padre, no importa cuál, le hacía bromas. Una broma. Le dijo…¿Usted entiende español, no es verdad? Yo también entiendo y como no lo hablo, los españoles creen que no lo entiendo”.

Otra chupada larga del cigarrillo. “Pero entiendo el español muy bien. Le dijo: Entre santa y santo, pared de cal y canto. Ese dicho se dice también más o menos parecido en croata”. El acento español del padre Kovacevic era muy cómico. David, sin embargo, no sonrió. En las largas pausas no sabía si se esperaba de él que hablara o no. Optó por callar y seguir escuchando.

Otro padre añadió: “Y mucho más si la santa no es santa y él no lo es tanto”. Usted comprende, ¿no es verdad? Esta mañana hablé con uno de esos padres. Ese padre me dijo que el padre Ripoll está mucho con una judía persa del ulpán. Y me dijo que muchos los creen enamorados. Y me pregunto: “¿Por qué ese padre no me avisó antes? Yo me pregunto. ¿Usted sabe algo? Si usted sabe algo, yo me pregunto por qué no me puso al corriente de lo que sabe? Yo me digo que todo esto no está bien. Nada está bien. Si el padre Ripoll tiene problemas, ¿por qué no me consulta? ¿Por qué no me pide consejo? Si los otros saben, ¿porqué no me avisan?”

El padre Kovacevic apagó su cigarrillo con golpecitos nerviosos. “Yo digo…Usted debe saber…el canadiense…un canadiense, el padre Molart, que se enamoró de una judía, en el mismo ulpán. Ya se han casado. Yo no sabía nada. Yo no sabía ni una palabra. Y ahora esto. Y ahora, dígame, dígame qué piensa. ¿Qué piensa usted? ¿Podemos ayudar al padre Ripoll? ¿Podemos salvar su sacerdocio? Yo estoy pensando en enviarlo inmediatamente a España. Voy a escribir a su provincial y al padre Manning, y al padre Rinaldi, mañana mismo, mañana mismo, pero antes tengo que hablar con él y con usted. ¿Usted qué piensa? ¿O no piensa nada? ¿Todo está bien, muy bien, nada está mal? ¿Está bien que un sacerdote tenga su enamorada? ¿Cree usted que está bien? ¿El celibato no es de nuestros tiempos? ¿Ya no debe existir el voto de castidad? ¿Se puede ser religioso, jesuita, teniendo enamorada? ¿Se puede?”.

Habiendo terminado de hablar, el padre Kovacevic se apoyó cómodamente en el respaldar de su sillón. Se irguió de nuevo para apagar del todo su cigarrillo, que aún humeaba. Y se volvió a acomodar dispuesto a escuchar.

David cerró cuidadosamente la puerta del cuarto del padre Kovacevic. En vez de irse a su cuarto, que se encontraba en el mismo piso, subió al piso superior. Una franja de luz rayaba la negrura del corredor, sólo tenuamente iluminado por el foquito rojo del cuarto baño. La franja de luz, el cuarto del padre Ripoll. David dio dos golpecitos en la puerta, con suavidad, para no despertar a los vecinos. Oyó ruido de pasos. “¿Quién es?” “Soy yo, David”.

Carlos volvió a la cama. Al pie de la lámpara, en la mesita de noche, había un libro. Era imposible no leer su título: “El sacerdote y la mujer”, de Otilia Mosshamer. “Siéntate”. Carlos sigue la dirección de la mirada de David. “Es un libro muy bueno”. “Lo he leído” “Lee esto”. Carlos hojeó un momento el libro, y luego se lo pasó abierto a David. David leyó en voz alta:

“Los mejores matrimonios tienen sus crisis. ¿Por qué no el celibato?, pero veinte personas unidas caen sobre el pobre hombre que es a veces el sacerdote. La crisis se vuelve interior. Mientras dura el entusiasmo por un servicio indivisible, el celibato no trae problemas. El peligro comienza cuando ante los embates de la vida, las desilusiones, los fracasos, uno comienza a preguntarse si realmente existió vocación. Más peligrosa que la sensualidad es la soledad del alma, cuando Dios se retira y se interrumpe el coloquio con Él. En esas circunstancias otro hombre tendría el recurso de huir al exterior, su profesión, la naturaleza, los amigos, una mujer, un pasatiempo. En ese estado, en sombras y turbado, el sacerdote debe continuar en su actividad: los catecismos, las confesiones, predicar, subir al altar una media hora, lleno de pesados secretos. Si en ese período de su vida el sacerdote encuentra una mujer, si está cansado de su soledad y la mujer rebosante de piedad, entonces amenaza la catástrofe”.

David pasó en silencio unas cuantas páginas, y a su vez le indicó a Carlos un pasaje. Carlos, que estuvo oyendo con la cabeza apoyada en las manos entrelazadas, se caló los anteojos y leyó:

“La mayoría de los sacerdotes que encontramos son seres normales y naturales. Tienen sus dificultades y sus luchas pero las soportan virilmente, es decir, solos. En su amor pastoral, en su solicitud paternal, la mujer está incluida al mismo título que el hombre y el niño. Ella no es un problema central, ni en el sentido de una atracción ni en el sentido de una repulsión. Sin hablar de ello, permanecen fieles a su celibato. Hombres vírgenes, que en nuestro siglo de exitación sexual, hacen su sacrificio con simplicidad, lo que indica su santidad”.

Carlos dejó el libro sobre la mesita de noche y volvió a su postura anterior. “Tienen sus dificultades y sus luchas pero las soportan virilmente, es decir solos. ¿Qué quiere decir propiamente? ¿Qué no se confían a nadie?” Dijo David: “Yo entiendo que se refiere a la mujer, que no hacen notar a ninguna mujer que a veces se sienten solos, que no hacen sus confidencias a ninguna mujer, que no le piden ayuda”.

“Yo no le hago mis confidencias a Débora, ni le pido ayuda. Más bien, es ella la que…” “Espera”, dijo David. “Te leo este párrafo: “Si en ese período de su vida, el sacerdote encuentra a una mujer, si está cansado de su soledad y la mujer rebosante de piedad, entonces amenaza la catástrofe”.

Dijo Carlos: “No te discuto eso, pero lee ese mismo párrafo al revés”. “¿Cómo, al revés?”. “Pásame el libro. Verás. Fíjate”. Y Carlos leyó: “Si en un momento dado de la vida de una mujer, esa mujer se encuentra con un sacerdote. La mujer está cansada de su soledad y el sacerdote rebosante de piedad”. Y añadió: “¿Entonces qué? ¿En ese caso qué?”.

“Lo mismo. Por un camino o por otro amenaza la catástrofe. Incluso en este último caso la situación es más grave”. Contestó Carlos: “No veo por qué. ¿No hemos dicho que el sacerdote se debe a todos? Si en un caso determinado, un sacerdote es el único que puede ayudar a una persona, ¿no tiene el deber de ayudarla?”. Y replicó David: “El sacerdote se debe a todos. Primero, acepto que hay casos en los que un sacerdote es la única persona en condiciones de ayudar. Segundo, si ese sacerdote se entrega de tal modo a esa persona, que las demás desaparecen de su horizonte sacerdotal, amenaza la catástrofe. El sacerdote se debe a todos. No se debe únicamente a una persona. Tercero, para la persona en crisis, estamos hablando de una mujer, el sacerdote interesado en ayudarla llega a ser su tabla de salvación. Esa mujer se prenderá de ella con uñas y dientes”. Dijo Carlos: “Ese es el caso de Débora”.

“Sí, para ella en este momento no existes sino tú. ¿Por qué digo que te amenaza la catástrofe? Porque para ti todo está pasando a segundo plano. Sólo te interesa Débora. Estás enamorado de ella. Ya no la ves con ojos de sacerdote”. Dijo Carlos: “Un momento. Ponte en su situación y en la mía. Débora está desesperada. ¿Me entiendes? Desesperada. Ha intentado suicidarse dos veces. Hasta la fecha ha tenido tres novios. Dos de ellos han muerto trágicamente, en la guerra. El último, un aviador, murió hace seis meses en Gaza. No tiene familia. Yo soy el único…”

Suenan tres golpes en la pared. Dijo David: “Baja la voz. Has despertado a Regan”. “No quiero. Tienes que oírme”. Dijo David: “Bajemos al comedor. Estaremos más tranquilos”. Bajaron. David se sirvió un vaso de leche fría y Carlos se puso a pelar una mandarina. “Escucha, Carlets”. En el calor de la conversación los dos se habían pasado al catalán. “Escucha, Débora es judía. Es imposible que te vea como a un sacerdote. No creo que tenga la menor idea de lo que es el sacerdocio, el celibato. Está viendo en ti únicamente a un hombre. No sé cómo comenzó la cosa, pero te has interesado en ella. Se da cuenta de que te preocupas por ella, de que la quieres ayudar. Apostaría a que cree que estás enamorado de ella”.

“Sí cree”. “¿Y tú permites que alimente esa suposición?”. Contestó Carlos: “Lo que digo es que estoy dispuesto a ayudarla. Es todo. No puedo verla sufrir. Quiero evitar que se suicide”. Y dijo David: “¿Y si para ello no hay más medio que el casarte con ella?”. Dijo Carlos: “Ella piensa en el matrimonio. Yo no sé… Yo me siento feliz como sacerdote, pero…si no hay otra solución para ella, creo que lo dejaría todo y me casaría”. El reloj del comedor dio dos sonoras campanadas.

David dijo: “Estuve hablando con Kovacevic. Está preocupado por ti. Te ha visto varias veces con Débora en la calle y ha oído algún comentario sobre ustedes. Quiere hablar contigo y piensa mandarte de inmediato a España. Pesaba escribir a tu provincial y al delegado. Le he pedido que por ahora no haga nada, que deje el asunto en mis manos. Te propongo una cosa. El domingo después de misa vayamos a Belén. Necesitamos orar. ¿Qué opinas?”.

Contestó Carlos: “Me parece bien. Yo digo misa en el convento de las carmelitas a las seis y media”. Dijo David: “Allí pasaremos todo el día. Me vengo del colegio de la Inmaculada a las ocho y media y a las nueve podemos salir. ¿Qué te parece si nos encontramos en la puerta de Yafo a las nueve?”. Contestó Carlos: “Está bien. Gracias por todo, David. Buenas noches”. “Buenas noches. Hasta mañana, Carlets”.

Sonó estridentemente el despertador. Las seis de la mañana. Jayim se levantó y se desperezó. La noche anterior habían quedado que hoy, domingo, irían a Belén, Salomón, Ibrahim, Dina y Jayim. El primer pensamiento de Jayim se revistió de las facciones de Dina. Dina, con su expresión de gatito asustadizo.

Dina, cisne, gacela y gatito. Jayim canta. Y cosa curiosa, empieza a pensar en hebreo. Esa lengua, antipática y rebelde, parece abrirse, parece eclosionar como una flor naciente. Es que Jayim siente la urgencia de comunicar su amor al triste cisne y solitario. Sus sentimientos, al exteriorizarse, deben tomar ropajes verbales. El castellano, capaz de expresar brillantemente todo lo que piensa y siente, es ahora en sus labios como el perfecto violín en manos del virtuoso que deseara ofrecer a su amada, a su amada sorda, la más dulce y bella sinfonía.

El yidish, ese bendito yidish que todos suponían que hablaba por el hecho de ser judío, ahora le rendiría un servicio con sus humildes palabras medievales. El alemán, esa lengua de la que siempre se ha distanciado por su fama de abstrusa, es el idioma de Dina. Si lo hubiera sabido, ninguna dificultad lo hubiera arredrado, pero ahora, cerca ya de los treinta años, ¿quién le mete en la cabeza los verbos de la lengua de Goethe? El inglés, idioma mágico, que como un sésamo o una ganzúa, abre todas las puertas, para abrir la del corazón de Dina es ineficaz. La pintora suiza, cosa extraña, no habla inglés. Por lo tanto, el hebreo se ha brindado para servir de puente entre los dos.

Jayim recorre el pasillo fumando su pitillo. Espera que Dina salga de su departamento, el 23. Por fin se abre la puerta. El gatito sonríe. “Boker tov” [40], dice. Su “boker tov” suena a los oídos de David como un saludo nuevo y hermoso, la mejor manera de augurarle a uno un buen día. “Boker tov”, Dina. “¿Mashloméj?” [41]. “Tov meod. ¿Ve atá, mashlomjá?” [42]

Mientras bajan las gradas se ponen a hablar así, como cuando hacen ejercicios en clases. Jayim construye esas frases, aprendidas en el ulpán, que antes calificaba de idiotas, con la mayor seriedad y el mayor esmero. “¿Has dormido bien? ¿Dónde quieres tomar desayuno? ¿Quieres tomar café con leche?”. Dina suelta una carcajada. Ríe un rato como una niña y, a su vez, repite una frase del método del ulpán: “No me gusta el café con leche. En el desayuno yo tomo chocolate con pan y mantequilla”.

Son las siete de la mañana. En la plazuela de Kiriat-ha-Yovel hay un restaurante abierto. “Boker tov”. “Boker tov”. Y dice Jayim en hebreo: “Dos tazas de chocolate con pan y mantequilla”. Dina se ríe. El mozo los mira un poco extrañado. Del restauranrte a la parada de autobuses no hay más que dos cuadras. Las recorren entre risas, repitiendo las frases del método de hebreo del ulpán: “Yo leo”. “¿Qué lees?”. “Yo leo un libro”. “¿Un libro interesante?”. En el autobús continúan su juego. “Yo estoy viendo una casa blanca”. “Yo estoy viendo un auto rojo”. El autobús se detiene en la puerta de Yafo. Ibrahim y Salomón ya están allí.

Son más de las 9 y David no llega. Débora, sentada en la acera observa a Carlos que pasea. Carlos va de un lado a otro con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Hace poco se han ido, también a Belén, esos judíos hispanoamericanos del ulpán. A Carlos le mortifica que gente conocida lo vea con Débora. Todos los del ulpán saben que es sacerdote.

“¿Qué pensarán esos judíos?” Ese Jayim le dijo un día, hace ya algunos meses: “Ya era tiempo, ché, de que los curas dejen de hacerse los ángeles. He oído decir que el vaticano va a dar permiso para que los curas se casen. ¿Es un hecho?” Carlos había contestado la verdad. “Pueden casarse los que dejen de ser curas”. Y Jayim había dicho: “No soy entendido en estas cuestiones, pero tengo entendido que el cura es cura in saecula saeculorum. ¿No se dice así?”. Carlos respondió: “Lo que se llama carácter permanece para siempre, pero se puede abandonar el ministerio sacerdotal”. “¿Qué entendés por carácter?”. “Es un sello, una marca, un…”. Ya tenían que entrar a clases. “Seguiremos conversando. El tema es interesante. Ya me explicarás eso del carácter”.

Del autobús que acaba de llegar a la parada, baja David. “Perdón por el atraso”. Débora se acerca. “Shalom, David”. David se ha sorprendido al verla, pero su sorpresa no se trasluce. Carlos se encamina al punto de reunión de los taxistas árabes, al pie de la llamada torre de David. Vuelve con uno que se está encasquetando la gorra. Antes de subir al taxi, David le dice a Carlos que no le gusta que Débora vaya con ellos. “Las explicaciones después”. El taxista pregunta en inglés: “¿A dónde vamos?”. “A Belén” contesta Carlos. David evoca en su mente el pasaje evangélico: “Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”.

La basílica está casi vacía. Una señora reza cirio en mano. Una docena de turistas, unos agrupados en torno a un cicerone, otros aislados, completan el número de los presentes. En la basílica están en misa más de cien peregrinos alemanes. David, Carlos y Débora pasan a la gruta. En el altar del pesebre celebra misa un sacerdote japonés. Junto a él en el reducido espacio disponible, una anciana árabe reza el rosario.

En el altar del nacimiento un joven ora con la cabeza tocando el suelo. Más allá un franciscano limpia el piso con un estropajo. David se sitúa al lado del joven, ante el altar del nacimiento. Lee la inscripción: “Hic de Virgine María natus est Iesus Christus” [43]. De rodillas, con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada, permanece varios minutos en oración. David hace un acto de adoración y amor.

Habla de su inmensa alegría de ser cristiano y sacerdote, de su dicha de vivir en Jerusalén. Ruega por Carlos y por Débora. Se acuerda de sus hermanos Nissim y Dina. El sacerdote japonés terminó su misa. Tres sacerdotes españoles comienzan otra. David ora por la paz, por la paz en Belén, en Jerusalén en la Tierra Santa, en el mundo entero.

Carlos y Débora dejaron a David en la gruta y volvieron a la basílica. Carlos se puso a darle a Débora explicaciones históricas, artísticas y religiosas. Mientras Carlos habla, una maraña se va aposentando en la mente de Débora. Bruscamente, desde la red tupida de datos una idea hace su aparición en escena. Esa idea, hablar de inmediato con David, barre como un soplo la densa polvareda. “¿Hablar de qué?”. De otra idea, que data ya de semanas y espera, pacientemente acuclillada, el momento de saltar: convertirse al catolicismo. Hacía ya una semana que Débora había decidido dar a esa idea tenaz la orden de brincar hasta los oídos de Carlos. Algo, sin embargo, se lo impedía.

Hay en Belén una callecita larga, muy estrecha y serpenteante, sumamente limpia, que pocos peregrinos o turistas visitan. Los primeros, porque no hay en ella ningún lugar santo, los segundos porque no puede mostrar ningún monumento histórico o artístico y porque no es ni antigua ni sucia, ni tiene comerciantes. David y Débora la recorren varias veces de un extremo a otro, a paso de confidencia. En toda la calleja sólo se ve a un niño que juega con una lagartija de plástico. David y Débora se pusieron a hablar en inglés.

Débora estaba diciendo: “La religión católica es muy extraña. Ustedes creen que el Mesías, el esperado, ya ha llegado. Ustedes dicen que Jesús el nazareno es el Mesías. Jesús el nazareno, un judío, se proclamó a sí mismo Mesías. ¿Y en eso qué hay de particular? No se puede contar el número de judíos que a lo largo de los siglos han tenido la misma pretensión. La única diferencia está en que Jesús el nazareno fue creído. Jesús el nazareno murió. ¿Y cómo pueden ustedes creer que es el Mesías? El Mesías no tiene que morir. Sabemos eso. Ya sé lo que me va a decir. Que resucitó. ¿Cómo se puede creer semejante cosa?”

David le fue explicando su propia experiencia. Había nacido judío en una familia ortodoxa. Y siempre había podido cumplir con la religión de Israel. No puede decir exactamente cómo y por qué se hizo católico. Todos los primeros seguidores de Jesús fueron judíos, y al aceptar a Jesús no pensaron que traicionaban a su pueblo o que renunciaban a sus raíces. El, tal vez por haber vivido una parte de su vida con católicos muy creyentes, practicantes, por haber leído muchas veces el nuevo testamento, en un momento dado creyó que Jesús el nazareno era el Mesías, el esperado, la luz de todas las naciones, no solamente de una.

Débora saltó bruscamente, sin conexión directa con el tema del Mesías, a su problema personal. “Yo lo he buscado a usted para hablar de Carlos y de mí. Yo lo quiero. No deseo otra cosa que casarme con él. Yo creía que no podía casarse conmigo porque yo soy judía. Me parece comprensible que un sacerdote católico no pueda casarse con una judía. Entre nosotros, si un rabino quiere casarse con una católica, ella tiene que hacerse judía. Y no sólo un rabino, todo judío que no ha abandonado su religión en su corazón, tiene que tener mujer judía, porque el judaísmo se transmite por vía femenina. Yo estoy dispuesta a todo. A todo. ¿Me entiende? Estoy dispuesta a hacerme católica ”.

David se lanzó a la explicación clásica, histórica, abstrusa y siempre incomprensible, de la tradición, que se remonta a los comienzos del cristianismo. Siempre había sacerdotes célibes y casados. En las iglesias orientales, incluso en la uniatas, que son las que han aceptado al papa de Roma como jefe de la Iglesia, sigue habiendo sacerdotes casados. En realidad nunca hubo sacerdotes casados sino casados sacerdotes, es decir que el sacerdocio les llegaba en la situación en la que se encontraban en el momento de ser aceptados como sacerdotes. Si en ese momento son solteros, solteros se quedan. Si son casados, siguen casados y pueden seguir teniendo hijos, pero si enviudan ya no pueden casarse de nuevo. Aquí mismo en Jerusalén, es así entre los sacerdotes griegos, armenios, coptos. Lo que pasó fue que en la Iglesia Católica, la de Roma, se optó desde el siglo IV en ordenar únicamente a solteros. Si no me equivoco, la razón principal de la nueva ley fue porque en la persecución de los tres primeros siglos del cristianismo, sobre todo en la parte occidental del imperio romano, entre los que abandonaron su religión, fueron más numerosos los casados que los solteros.

Dijo Débora: “No entiendo esa distinción entre occidentales y orientales. Es decir, sí entiendo que puede haber diferencias como hay entre nosotros entre askenazíes, sefardíes, orientales, yemenitas, o como hay entre los musulmanes entre chiítas y sunnitas, pero esas diferencias son secundarias. Usted es askenazi y yo soy sefardí, pero en la religión, digo en lo esencial, ¿esas diferencias son importantes? No me diga que porque los ritos son diferentes no son lo mismo. En lo fundamental no hay realmente diferencias. Y luego, no entiendo esa diferencia entre un casado que se hace sacerdote y un soltero sacerdote que no se puede casar. Me parece algo ridículo. ¿Qué más da que se case antes o después”.

David le dijo que Carlos podía casarse con ella a condición de que él abandone el ejercicio de su sacerdocio, es decir que no ejerza ya como sacerdote, y vuelva, digamos, al estado civil, al estado de fiel. “¿Que deje de ser sacerdote? Mire, yo no sé qué decir… Dejarlo todo… No, no sería feliz, siento que no sería feliz. Yo…, yo lo quiero como es, sacerdote. Es sacerdote. No me lo imagino de otra cosa”. La conversación de David y Débora quedó interrumpida con la llegada de Carlos. David se despide de Débora.

Después de hacer una breve visita a los parientes de su amigo Pepe Malkí, Salomón se quedó en la casa de los parientes de Ibrahim. Dina, ubicada en plena calle, en una esquina protegida del sol, pinta un cuadro: una callejuela repleta de gentío, que desciende para ascender después. Dina está tratando de fijar en el lienzo el caminar rápido de los que bajan y el paso lento de los que suben.

No lejos de ella, cobijado también por sombras bienhechoras, Jayim lee una novela de Agatha Christie, en castellano. Jayim siente que se le han adormecido las piernas. Sin levantarse, le dice a Dina en su infantil hebreo: “Yo quiero caminar un poco. ¿Hasta cuánto tiempo pintas?” “Quiero..” Dina se interrumpe y hace varios movimientos en el aire que Jayim interpreta correctamente como terminar. “¿Dos horas?”. Y Dina responde: “Dos horas, tres horas…, yo no sé”.

Jayim intenta levantarse. Se incorpora un poco y vuelve a caer pesadamente. Se frota las piernas entumecidas. Se pone de pie apoyándose en la pared. Da tres pasos, como un borracho. “Quiero caminar un poco”. Va a decir algo más, que se va a ir solo a Jerusalén, pero se calla. No lo dice, porque sabe que no se irá. Piensa: “¡Si supiéramos hablar hebreo!”. Da dos patadas en el aire y se aleja. Se pierde por la calle que baja en rápida pendiente. Pocos segundos después, como si brotara del suelo, vuelve a aparecer en la subida. Dina transforma en Jayim un árabe anteriormente dibujado. En tres rasgos ha captado su modo de andar.

La conversación de David y Débora quedó interrumpida con la llegada de Carlos. Dijo David: “Voy a dar un paseo. Regreso dentro de una hora”. Al tomar la calle que conduce a la basílica, David distingue a lo lejos al argentino Jayim Cohen, del ulpán. Su primer pensamiento es darle alcance, pero en esos momentos prefiere estar solo. Rehace el camino andado y por otra calle sube a la parte alta del pueblo. Se aleja un poco.

Sube a una colina. Desde allí se puede apreciar casi todo el panorama de Belén. Belén, donde nació el rey David. Belén, donde nació Jesús. Más de la mitad de los habitantes de Belén son católicos, los otros musulmanes. No hay judíos en Belén. Todas las veces que ha estado en Belén, David ha palpado, ha mascado, la hostilidad contra el judío. Hay algo así como una frialdad que no se disimula.

En Hebrón pasa lo mismo, pero allí es peor. En Hebrón, David sintó miedo una vez. Es curiosa esa sensación de tener un letrero en la frente, un letrero que dice “judío”. Es como un letrero con luces de neón, claramente visible. En Belén había entrado una vez a una tienda de católicos a comprar un rosario. “¿Quiere hacer un regalo a algún amigo católico?”, le preguntó el vendedor en correcto hebreo, y eso que él había hecho el pedido en árabe. Los árabes católicos no notan su otro letrero “sacerdote católico”, tantas veces percibido por la gente en París.

David baja de la colina. Camina un centenar de metros por una no se sabe si calle o carretera. Deja de pensar en Belén. Débora, Carlos, el porvenir de Débora, el porvenir de Carlos, la felicidad de Débora, la felicidad de Carlos. Piensa y ora:

“Señor, Señor, dame luz, dales luz. Débora lo quiere. ¿El la quiere? ¿Carlos está en paz? ¿Está en condiciones de tomar una decisión? Sacerdote, dejar a Débora. Débora, dejar el sacerdocio. Dale paz, quítale la angustia, que tome su decisión serenamente. Debe renunciar a algo. Si renuncia al sacerdocio que no renuncie a amarte y servirte. Si renuncia a Débora, que abrace de nuevo su sacerdocio con ilusión, con alegría. Débora… Dale fuerzas a Débora… Señor, casi estoy por pedirte que Carlos no renuncie a Débora. Veni, Sancte Spiritus” [44].

David va a dar a una calle, que sin exageración, o muy poca, podría ser calificada de tobogán. En medio de la calle está instalada una pintora. Lleva en la cabeza un gorrito israelí. David se acerca a la pintora. “Shalom”, y le sonríe. “Shalom”, responde la pintora. “¿Me permite ver lo que está pintando, señorita?”.

La pintora clava en los ojos azules de David sus ojos, también azules, enmarcados de pestañas largas, que en conjunto forman como dos estrellas. “Yo no sé hablar bien hebreo”. David se ha fijado en los ojos de la pintora, y en un lunar, un lunar en la mejilla derecha.

Siente una sacudida en todo su ser. Le late el corazón con violencia. La pintora ha vuelto a su trabajo con la intención manifiesta de no entablar conversación con el curioso. David se aleja unos pasos. Observa detenidamente a la pintora. Vuelve a acercarse. Está junto a ella. Se inclina a su oído y le habla en yidish.

Dina pinta un cuadro. Jayim y pasantes, callejuela, pinceles y colores son sus únicos pensamientos. No es cierto que la cabeza sea sede de la inteligencia y el corazón del sentimiento. Es todo el ser que sirve de aposento a ambos muebles incorpóreos. Por pobreza de recursos se habla del corazón y de la mente, de los sentimientos y pensamientos.

Jayim Cohen y callejuela, trazos, matices, ocres, bermellones, movimientos que se fijan, cosas fijas que se mueven…. Todo eso está en esos momentos en Dina. Todo lo demás pasa por un cedazo sin desencaminarla, sin sacarla de su concentración. Estando así, embebida, la abstracción se encarga de impedir que los olores, las voces y los rebuznos irrumpan en su santuario interior. Ni su cuerpo, cansado por la incómoda postura, ni el calor agobiante, la sacan de su ocupación.

Antes de saberse amada y confirmarse enamorada, Jayim Cohen era el enemigo por antonomasia de su trabajo. La Dina enamorada y la Dina pintora se peleaban continuamente. Al principio ganaba la segunda. Después, la primera salía vencedora casi en cada batalla. Ahora no se puede hablar de dos Dinas, sino de una sola. Su amor estimula su trabajo.

Un judío curioso se acerca a ver su obra. Dina ha notado que después del intento fallido de conversación, el hombre se ha alejado a cierta distancia y que la observa atentamente. Eso no la distrae. Está empeñada en encontrar el tono justo para pintar el muro inclinado que parece saludar con majestuosa venia a un perrito negro, que tendido a la sombra, ahuyenta a las moscas con la cola. Una sombra, la sombra de una cabeza, ha aprecido en el lienzo. “Dina, yo soy David, tu hermano”.

Las palabras, como dardos, han penetrado hasta aquel puntito exacto que hace sacudir las fibras íntimas del ser. Dina alza la cabeza. Sus ojos azules interrogan con tajante intensidad. Sus labios se mueven en un intento de hablar. Ese movimiento, que comenzó bajo el impulso de formular palabras, se convierte en un temblor invencible. Dina se levanta. Está pálida. Sus ojos están ya húmedos y siguen interrogando.

Dina examina el rostro de David. Sus manos, activas hace pocos segundos, quedan colgantes, como sin vida. Del pincel de su mano derecha una gota de pintura cae al suelo. La mano se afloja y cae también el pincel. Dina se siente fuertemente estrechada y se pone a llorar convulsivamente.

Salomón e Ibrahim se despidieron de los parientes de éste. Salomón sentía todavía el sabor de la fuerte y pesada comida árabe de nombres impronunciables. A poco, el misericordioso sol le hizo arrepentirse de haber abandonado el cómodo asiento en el hogar acogedor de los parientes de Ibrahim.

Caminando por la angostísima sombra que obsequiaban las paredes sin aleros, Salomón e Ibrahim se fueron calle arriba hacia la plaza de la basílica, con la esperanza de encontrar a Jayim y Dina. Dina, extraña mujer. Y más extraño aún que el taciturno y poco enamoradizo Jayim se enterneciera tan súbita y completamente ante los encantos de la suiza. Ibrahim, que caminaba más rápido, lo dejó atrás.

“Lo que me admira”, pensaba Salomón, “es que teniendo una hebreofobia tan descomunal se haya enamorado de una mujer con la que puede entenderse únicamente en hebreo. ¡Y en qué hebreo! La suiza sabe tanto hebreo como él. Y el hebreo que él sabe cabe en los bordes de una estampilla”. Salo sonríe. “Le voy a decir que lo que estaba buscando era una esposa con la que no pueda discutir”.

La calle se iba por las alturas. Al final del ascenso, Ibrahim lo esperaba dándole ánimos. Dijo Salomón: “Ibrahim, ¿qué es más molesto, bajar o subir por una calle empinada?”. “Eso deben saber los bolivianos. Yo he oído decir que las calles en Bolivia son peores que éstas”. “Has oído mal. Te habrán dicho en La Paz”. “¿La Paz no está en Bolivia?”. “Está, pero también Bolivia tienen muchos lugares planos”. Y dijo Ibrahim: “Yo, cuando subo digo que es más molesto subir, y cuando bajo, digo que es más molesto bajar”.

Por la calle que ellos bajaban, subía pausadamente Jayim, antes Alberto. Con la mano izquierda sostenía una pipa en la boca y con la derecha se abanicaba con un libro. Sobre su enorme cabeza, como un barquillo de helado puesto al revés, estaba mal acomodado un sombrero israelí con los colores blanco y celeste, los colores patrios de la Argentina y de Israel. “¡Por fin se acabó la subida!”, dijo Jayim. “¿Dónde está Dina?”. “Allí”.

A las dos cuadras de un descenso matador, vieron en medio de la calle a Dina en brazos de David Blumen. Salomón notó que Dina estaba bañada en llanto. David tenía los ojos humedecidos y temblaba. David habla en español. Dina no entiende nada. Jayim se acerca a Dina y le pone una mano en el hombro: “Aní sameaj” [45].

Salomón, más ducho en hebreo, suelta una frase kilométrica. De todas las palabras empleadas por Salomón, la única que entendió Dina fue la ya dicha por Jayím: “Aní sameaj”. Se organiza el regreso. Por delante Ibrahim con el caballete. Le siguen Salomón con el maletín y Jayim con el taburete. Detrás, David y Dina. ¿Por dónde empezar?”. Había tantas cosas que preguntar y contar. Dina rompió el silencio: “¿Viven nuestros padres y nuestro hermano Nissim?.

El autobús, atestado de gente, parte de Belén a las 7 de la noche. Carlos siente un fuerte dolor de cabeza. Piensa emocionado en el encuentro de David con su hermana. Cierra los ojos y da gracias a Dios. Ora con fervor. Se ha roto el bloqueo interno. Puede comunicarse con Dios. Hacía tiempo que no podía orar. ¿O no quería? ¿Tenía miedo de enfrentarse con Dios? “Gracias, Señor, te digo con David, gracias”.

Dina y David están sentados en el primer asiento cercano a la puerta. Detrás, Carlos y Débora. En el asiento vecino, a la izquierda, Ibrahim y Salomón. Jayim está detrás, al lado de una monjita católica. Mientras el autobús corre veloz rumbo a Jerusalén, Salomón piensa en Dina y David, pero no sólo en ellos. También hay sitio para Jayim. Salomón se alegra en lo más profundo de su ser de la felicidad de su amigo.

Furtivamente, otro pensamiento lo atenacea. Su soledad. La soledad de Salomón Burgos. Y no es que tenga envidia de Jayim. No. Lo que siente es una especie de frustración. Busca una mujer, una compañera, y no la halla. A ratos jayim se desvanece y David ocupa su puesto al lado de David y Dina. David y Dina, que se habían buscado tanto tiempo ansiosamente. Y que de pronto, en una calle de Belén, se han visto y reconocido. O mejor, recién se han conocido.

“¡Qué feliz me siento al recordar esos rostros llorosos de felicidad! Hasta ahora nunca vi a nadie llorar de alegría. Vi una vez en Villazón a un hombre reír de tristeza. Es lo más terrible que he visto. Los ojos desorbitados por el dolor y la boca abierta en carcajada. ¡Qué dulzura, en cambio, en el rostro de Dina, cuando sus lágrimas reían! Y David…¡Oh, la cara de David! ¿Cómo describir la expresión de la cara de David? David me daba toda la cara. Vi todo esto: sorpresa y confirmación. Confirmación. Hace muchos años, cuando yo era chico, mi amigo Malquí vino corriendo a casa: ¡Salo, hay unas gitanos de verdad junto al puente! Yo le creí, pero fingí una incredulidad de piedra, y con el tono más cortante de que era capaz, le dije: “Mentira, no te creo”. Pepe Malkí, parado como un poste, levantó la mano. En actitud de soldado de la patria pronunció solemnemente un juramento. Y nos fuimos a ver a los gitanos. En el camino yo me burlaba: “Habrás visto unas cholas cochabambinas. Apenas divisamos las cartas de los gitanos, Pepe extendió la mano y señaló las carpas. Y con mirada triunfante dijo: “Y ahora, ¿qué dices?”.

En su rostro se dibujó esa expresión que yo llamo de confirmación. En la cara de David se pintaba esa misma expresión. Además, y esto también es importante, en la cara de David estaban pintados unos rasgos que revelan nítidamente la paz del corazón. Ese no sé qué tenía mi madre, sobre todo los viernes. Nunca supe el por qué de la cara de paz de mi madre los viernes al caer la tarde. Ahora sé que era el shabat, el día de descanso y de oración. Los viernes, a la hora del crepúsculo, la cara de mi madre mostraba una paz indescriptible, cuando sentada en su mecedora me acariciaba los cabellos y cantaba una canción que comenzaba con la palabra “shalom”, la paz. Todo eso se hallaba en el rostro de David: sorpresa, confirmación, paz.

Se divisan a lo lejos las luces de Jerusalén. “Yo también tengo que encontrar a la que busco. Jayim, Dina. Dina es la persona encontrada. Jayim es el solitario, el amargado, el hombre en tinieblas, que sin buscar conscientemente la luz, la halla de repente. David es el esperanzado, el hombre con fe, que sabe que algún día va a encontrar lo que busca. Quiero ser Jayim para tener junto a mi corazón a una amada. Quiero ser David para estar seguro de que ese momento llegará indefectiblemente”.

La explosión lo arrojó de su asiento. Oyó gritos de pánico y su mente quedó en blanco.

Jayim oía las voces. Trató de moverse, no pudo. Trató de hablar, no pudo. Abrió los ojos. “Está abriendo los ojos”, dijo alguien en hebreo. Distinguió confusamente una mancha blanca. “Dina, Dina, ¿estás aquí?”, dijo Jayim en hebreo. “Cálmese. Está usted en un hospital. No hable, procure dormir”, le dijeron en hebreo. “Dina…,Dina Blumen, ¿cómo está”. “Shulamit, traiga el periódico…lista… Dina Blumen…”. Jayim no pudo captar más palabras y se durmió.

La hermana Lucie Semojól saludó al padre David Blumen, capellán del colegio de la Inmaculada Concepción. Tomó asiento al lado de un señor que le fue presentado por el padre David. Las otras dos religiosas que iban con ella, la Hermana Bernadette y la Hermana Marie-Jeane se acomodaron juntas, casi al final del autobús.

Su compañero de asiento se presentó en inglés: “Jayim Cohen, argentino”. Ella respondió: “Lucie Semojól, palestina”. Durante el viaje, Jayim Cohen le contó cómo, esa misma tarde, el Padre David Blumen y su hermana Dina se habían encontrado en Belén. “Se están viendo de unos veinticinco años. En la segunda guerra mundial, durante la persecución nazi, la familia quedó dispersada. David y su hermana Dina no se volvieron a ver hasta hoy”.

La Hermana Lucie sabía que el padre David era un judío convertido. Lo conocía mucho. Como encargada de la sacristía lo atendía todos los días y era ella quien le servía el desayuno. Cuando estalló la bomba, Lucie no perdió el conocimiento. Pensó de inmediato en la Hermana Marie-Jeane y en la Hermana Françoise. No supo cómo salió del autobús. Le dolía terriblemente un brazo y sentía que le salía sangre de la cabeza. Se puso a auxiliar a los heridos. Al tratar de levantar a uno de ellos, el dolor agudo del brazo la hizo desmayar. Recobró el conocimiento en un cuarto del Hospital Notre Dame de France. La Hermana Marie-Jeane compartía la pieza con ella. Ninguna de las tres religiosas se hallaba en peligro de muerte.

Salomón volvió a leer el periódico sefardí “La Verdad”: “Bomba potente esplosionó en un autobús. El día de ayer a las siete i veinte oras de la nochada en la ruta de Betlehem a Yerushalaim, a 5 kilómetres de la kapitala esplosionó una bomba en un autobús de la línea áraba Holy Land. Espiraron veinte i sinco viajeros. Los feridos fueron yevados a las casas de enfermos de Yerushalaim. Todos los muertos son árabos. Ay feridos judeos. La polisía está faciendo inquisiciones para arribar a la detensión de la mano kriminala. Esta es la lista de los muertos i feridos”. Uno de los fallecidos era Ibrahim.

Salomón sabía ya que él era el único que no figuraba en la lista de heridos. El era el único ileso entre los 45 pasajeros. En el hospital de Ain Karem Dina estaba en estado de coma y Jayim fuera de peligro. David, en el hospital Notre Dame de France, se debatía entre la vida y la muerte. Carlos se hallaba en el mismo hospital. No estaba gravemente herido, pero todavía no podía levantarse. Débora no había tenido más que una fractura en el brazo izquierdo. Salomón miró el reloj. Las diez menos veinte. Se lavó, salió a la calle, paró un taxi: “Al hospital de Ain-Karem, por favor”.

Jayim se hallaba todavía muy débil, pero estaba decidido a levantarse. Le costó mucho trabajo convencer al médico. El doctor Komark le dio permiso para asistir al entierro de Ibrahim. La enfermera Shulamit le trajo la ropa. En el pasillo esperaban Salomón y Débora. Salomón le dio un fuerte abrazo. “¿Cómo está Dina?”, preguntó. “Igual, ¿y David?”. “Mejor”. “¿Y Carlos?”. “Está sano. Es decir, está totalmente fuera de peligro. Tiene no sé cuántas costillas rotas, pero es cuestión de pocos meses. Vamos ya. ¿Cómo te sientes?”. “Bien, creo que podré dejar pasado mañana el hospital”.

Después del entierro de Ibrahim, Salomón, Jayim y Débora se dirigieron al hospital Notre Dame de France. No dejaban visitar a David. Carlos se encontraba mejor. Salomón y Jayim se retiraron, dejando a Débora junto al lecho de Carlos. Antes de regresar a Ain Karem fueron a tomar café a un restaurante.

Dijo Jayim: “Esa tu kipá me ha hecho sufrir horrores. Sólo a vos se te ocurre participar en un entierro musulmán con un gorro judío”. “Todos saben que soy judío, sin kipá o con kipá. Yo fui a despedir a mi amigo Ibrahim, y siempre oro con kipá”.

“No dejo de pensar en el accidente”, dijo Jayim”. ¿Qué accidente?”, dijo Salomón. “Eso fue un crimen, eso es asesinato. ¿Cómo se puede explicar una cosa así? Ninguna razón política justifica ese atentado. Aun suponiendo que hubiera sido un autobús israelí, ese acto de salvajismo no tiene ningún atenuante. Es evidente que el que arrojó esa bomba sabía que el autobús era árabe.

Supongamos que un árabe hubiera querido eliminarnos a nosotros, a los judíos, a los pocos judíos que estábamos dentro. Sólo un árabe completamente loco es capaz de matar decenas de árabes por despachar a un puñado de judíos. ¿Quiénes fueron? ¿Los del F.L.N, los de Al Fatah ? [46]. ¿Los de Al-Fatah? ¿Quiénes?

Entre los árabes se dice que hay organizaciones judías que ponen bombas para que la opinión judía se indigne contra los árabes. Dicen que la bomba que estalló en el super mercado judío la pusieron los mismos judíos para achacar el hecho a los judíos. Cada vez que ocurre algo parecido se oye el mismo comentario. Cuando estalló una bomba en el restaurante de la universidad hebrea, lo mismo. Cuando lo de la escuela, lo mismo.

Y del otro lado lo mismo. Seguro que todos los judíos de Jerusalén piensan que los que pusieron la bomba en el autobús árabe fueron los mismos árabes para echar la culpa a los judíos”.

David se despertó. Hizo su oración matutina: “Señor, en este día que comienza te pido perdón por mis pecados. Te pido perdón por los pecados de todos los hombres. En este día que comienza quiero darte las gracias una vez más por haberme devuelto a mi hermana Dina. Yo estoy contento, Señor. Mi alma exulta en el Señor, mi salvador, porque ha escuchado las oraciones de su siervo. Te doy gracias, Señor de todo corazón. Cantaré tus maravillas. Quiero alegrarme en ti, salmodiar a tu nombre, oh Altísimo. Tú escuchas la oración de los que a ti se acogen, Dios de Israel. Te pido ahora, Señor, que no te la lleves. Acabo de recobrarla. ¿Cómo la voy a perder?, pero hágase tu voluntad y no la mía”.

No quiero olvidarme en mi alegría de los que sufren, de los que sienten en su corazón el amargo sabor de la hiel. Te pido, Señor, Dios del Universo, por todos los que sufren, por todos los que en este día tendrán que soportar un peso agobiador. Te pido por Carlos, te pido por Débora. Estén tus oídos atentos a la voz de mi plegaria.

En este día que comienza quiero acordarme de todos los que sufren y lloran. Concede el descanso eterno a todos los que han fallecido en la explosión. Consuela a sus familiares y amigos. Perdona a los causantes del crimen. Te lo pido por la sangre derramada por tu Hijo amado, Jesús ek Mesías esperado, que ya ha llegado y ha plantado su tienda de campaña entre nosotros los hombres. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Es el primer día de salida de David. El y Carlos se encaminan a la ciudad vieja. Se encuentran ya en el barrio cristiano. Se oyen las campanas de Jerusalén. Carlos piensa que su amigo quiere llevarlo a la basílica del Santo Sepulcro, pero no. David deja de lado la calle Santa Elena. Empieza a subir por la calle San Francisco. Al final de la calle se encuentra la iglesia del Salvador.

David se detiene antes de llegar a la iglesia, en el monasterio griego ortodoxo Agios Azanasios [47]. No responde a la muda interrogación de Carlos. Al toque de campana acude un monje de hábito desteñido y de larga y descuidada barba. David y el monje cruzan unas cuantas palabras en griego. El monje portero lo trata como a un antiguo conocido. Del cinturón del monje pende un llavero con llaves de todos tamaños. Con una de las más grandes abre la puerta para volver a su zaguán, puente entre dos mundos.

David y Carlos quedan solos. David, como si estuviera en su casa hace de guía. Avanzan por un corredor estrecho y oscuro, llegan a un patio. Ropas de indefinibles formas cuelgan de una cuerda. Otro corredor y otro patio. “¿No hay monjes en este monasterio?”, pregunta Carlos. “Hay cinco”. Otro corredor.

“Cuidado con los escalones. Aquí hay una escalera de caracol. Este nombre es rara vez tan apropiado como en esta ocasión. Llegan a una azotea. “¿Para visitar una azotea me has hecho acezar? A la del instituto se llega si tantos trabajos. “De aquí se tiene la mejor vista de Jerusalén”. Carlos recorre la azotea. “En efecto”, piensa. De todos los puntos el panorama es bello y se puede tener una visión completa de la ciudad vieja.

“No te he traído para que disfrutes de la vista de Jerusalén únicamente. Tenemos mucho que conversar, el decorado ayuda”. Se sentaron en un pretil, desde el cual el amplio panorama se les ofrecía sin estorbos. Tenían por un lado el Monte de los Olivos. Se oyó por segunda vez el familiar repiqueteo de las campanas de Jerusalén.

Dijo David: “Has sido siempre un brillante estudiante. Tu trayectoria hasta la fecha no puede ser mejor. En tu especialidad te está yendo bien. Antes de terminar tu doctorado eras ya considerado como uno de los mejores especialistas en los salmos. Los seis artículos que has escrito en “Bíblica” han sido muy bien acogidos por la crítica. Y sabes que en estos dominios es muy severa. Muchos tienen grandes esperanzas en ti. En Tokio te esperan. De repente decaes. Ya no se e ve estudiar. No está mucho ni en la biblioteca ni en tu cuarto. ¿Dónde está el hombre de estudios?

¿Y como sacerdote, como religioso? Quiero serte franco, hablarte con toda sinceridad, como amigo. ¿Eres hombre de oración? Yo sólo puedo juzgar por lo que veo, por las apariencias. La apariencias me dicen que has abandonado la oración. En ti no trasluce el varón espiritual. Celo apostólico no se ve ninguno.

Es verdad que en la Compañía hay muchos intelectuales que se sienten frustrados como sacerdotes. Su especialización los ha conducido a veces al arrinconamiento de su sacerdocio. Son teólogos, filósofos, escrituristas, literatos, profesores, escritores, investigadores…, pero no sacerdotes. Todo eso es cierto. Todo depende de la actitud interna del individuo. No me negarás que junto a esos que dices, hay muchos que son plenamente sacerdotes.

Han podido integrar armoniosamente su vocación humana y su sacerdocio. El sacerdocio no es una carrera. Si se lo enfoca como una carrera, el hombre se encontrará dolorosamente dividido. Limitado como es, se verá frente a la necesidad de optar entre dos carreras. No se puede ser médico y arquitecto.

Concebido así el sacerdocio, es lógico que un jesuita historiador se sienta incapaz de dedicarse íntegramente a su carrera de historiador y a su sacerdocio, pero concebido como luz vital, como aura evangélica, como fermento, no hay disloque. Fíjate, por ejemplo, en el padre Robles. Es sin duda uno e los mejores arqueólogos. No puedes decir que su condición sacerdotal la haya impedido la plena realización de su vocación de arqueólogo.

Al mismo tiempo, es plenamente sacerdote. Confiesa, predica, es director espiritual. Cada año da dos o tres tandas de ejercicios. Todas las mañanas hace más de una hora de oración ante el Sagrario. Es un sacerdote. En París conocí al padre Festugière, el mejor especialista en Platón de toda Francia. Como sacerdote tenía apostolados diversos. Era director espiritual de muchos intelectuales.

Es muy difícil de entender esa ruptura que dices entre el escriturista y el sacerdote. Creo yo que una labor de escriturista fisonomíza muy bien una figura sacerdotal. Te tiene que ser más fácil que al padre Festugière, un especialista en Platón, lograr la compatibilidad.

Ahora, dime. ¿Nunca te enamoraste antes? Pienso que tienes que hacer ejercicios inmediatamente. No esperes a que acabe el año. Debes tomar decisiones. De todos modos, tal como van las cosas, no tardará en hacerlo, pero corres el peligro e hacerlo sin contar con Dios. Pide luz y gracia. Por supuesto, también lo que sea mejor para Débora, pero en los ejercicios piensa en ti. Deja el problema de Débora en mis manos. Cuando conociste a Débora la viste como sacerdote. Mientras duró esa actitud estabas en condiciones de ayudarla a salir de su desesperación y a evitar que piense en el suicidio. Ahora debes pasarla a otro sacerdote, y confiar en Dios, que es su padre y que no la abandonará.

El timbre del Instituto Bíblico sonó como siempre, estrepitosamente. Joseph, el fac totum árabe de la casa, se hallaba en esos momentos regando el jardín. Estaba regando las rosas que el Hermano Szabo llamaba rosas de Jericó, siendo así que eran de Francia. Los gajos los había traído de su tierra el padre Bussery. Joseph se dirigió al portón lentamente, como siempre. Y como siempre, atuzándose la punta de un mostacho con la mano derecha y rascándose con la izquierda la abundante cabellera negra por debajo de la gorra.

Joseph sabía que antes de llegar al portón, gritaría el hermano desde la gradas: “¿quién es, Joseph?”, y que él deteniéndose y dándose la vuelta parsimoniosamente, respondería también gritando: “No sé todavía. Ya se lo diré cuando abra la puerta”. Esta vez sucedió también así. Cuando Joseph se hallaba a medio camino, se abrió la puerta de la casa. Salió el Hermano Szabo, quien en su horrible inglés con acento húngaro, le hizo a voz en cuello la pregunta de rigor.

Y Joseph, en su no menos horrible inglés con acento árabe, le dio la concebida respuesta. El Hermano Szabo y Joseph se entendían perfectamente en inglés, lo cual llenaba de admiración al británico padre Campbell, quien dificultosamente podía conversar con ellos.

Joseph abrió la puerta de calle. Tenía ante él a un turista. Para Joseph, todos aquellos que no podían ser clasificados como judíos o árabes eran turistas. El visitante sin duda lo clasificó también en su propio sistema como árabe, pues sin pronunciar palabra le entregó un papel. Joseph, que no sabía leer, recibió el papel y con un signo de cabeza indicó al turista que lo siguiera.

El Hermano Szabo esperaba en las gradas de entrada a la casa. Su aspecto era el de un patriarca. Medía un metro ochenta. Sus cabellos blancos estaban bien recortados. Su nariz recta se hallaba coronada por unos lentes redondos, de los años treinta. Una barba blanquísima en forma de abanico, ni muy corta ni muy larga, le daba el último toque de venerable ancianidad.

Joseph alcanzó el papel al hermano e hizo mutis. Jayim Cohen, muy extrañado de sentirse cohibido alargó la mano al patriarca blanco. Blanco por su tez pálida, blanco por sus cabellos, barba y sotana. El patriarca no le estrechó la mano. Estaba llevando a cabo el rito de los lectores ancianos. Sustituía sin prisas sus lentes de ver a distancia por los de leer. En su mano temblaba ligeramente el papel.

“¿Habla usted inglés o francés?”, preguntó el patriarca en inglés. Jayim respondió en mal inglés que no hablaba francés, pero sí inglés. El patriarca estrechó la mano de Jayim. “Soy el hermano Stephan Szabo, para servirlo. Pase usted a la sala. Le avisaré al padre Blumen que usted lo busca”. La sala era inmensa. Cerca de la puerta había una mesita redonda y enclenque con un tapetito cursi y un florero con rosas mustias.

En una de las paredes había un cuadro representando a Jesús niño entre los doctores de la ley. En otra el retrato de un papa. En otra un anciano y delgado. Al pie una inscripción en francés con la firma “Jean-Baptiste Janssens”. Al otro lado un retrato firmado por Pedro Arrupe. Al fondo, en tres enormes aparadores había muchos animales disecados. Jayim los estaba examinando cuando regresó el patriarca.

“Todos estos son animales de Palestina. Los de aquella sección son de Siria y los de aquella otra del Líbano. Todos estos animales han sido disecados por el padre Bussery. Jayim no compartía el entusiasmo del Hermano Szabo, pero creyó de su deber decir: “Wonderful”.

El cuarto de David era una vasta pieza que más parecía una biblioteca que un dormitorio. “Lo veo muy repuesto, padre. Nos dio un susto enorme. A ver cuándo se mejora del todo. Tiene que estar en nuestro matrimonio. “¿Cuándo es la boda?” “Por mí y por Dina hoy mismo. Ahora todo depende de usted. Dina dice que nos casaremos cuando usted esté sano y bueno. Tiene usted la última palabra”. “Por mí también ahora mismo”.

Débora Dodí era una de esas personas que sienten marcadamente por otras antipatía o simpatía. La Hermana Lucie le cayó simpatiquísima. Débora la conoció una tarde en la pieza de David. Esos diez minutos del primer encuentro bastaron para que pasara de una a la otra una corriente de simpatía. A partir de entonces, después de visitar a David y a Carlos, pasaba con ella un rato todos los días.

Los conocimientos de inglés de Lucie le permitían sostener una conversación. Al principio hablaban de lo que viniera, de cualquier cosa. A la semana, ese momento de charla intrascendente se convirtió en una verdadera dirección espiritual.

Lucie era una mujer de unos cuarenta años, despierta, llena de vida. Emanaba de ella una alegría casi infantil. A ratos, cuando exponía sus puntos de vista, sea sobre el cristianismo o la vida religiosa, o sobre las relaciones entre árabes y judíos, Débora se quedaba en contemplación, mirando su rostro, tan lleno de inocencia y paz.

La Hermana Lucie dejó el hospital. Débora siguió visitándola en el colegio de la Inmaculada. Dos o tres veces fue Lucie al departamento de Débora situado en el edificio Olim Jadashim de Kiriat-Ha-Yovel. La amistad entre ambas se había estrechado más. Para ambas se trataba de una experiencia fascinadora.

Lucie había sido educada en una atmósfera no propiamente anti judía, pero sí de desconfianza, de alejamiento de los judíos. Jamás había oído en su casa expresarse con odio de los judíos, pero tampoco con especial benevolencia.

Su padre, Georges Semojól, un nazaretano que decía descender ce los nazaretanos contemporáneos de Jesús, y que afirmaba también tener sangre de cruzados franceses, no podía aceptar su condición de ciudadano israelí. Nazaret había pasado a formar parte en 1948 del Estado de Israel.

Georges Semojól adquirió una nueva nacionalidad. Cuando nació era ciudadano turco. Después de la segunda guerra mundial se convirtió en ciudadano británico, y ahora era israelí, y todo sin moverse de Nazaret. Una sola vez dejó su pueblo natal, cuando Lucie hizo su profesión religiosa en Jerusalén.

Estuvo tres días en la ciudad y visitó con fervor los lugares santos. Le había confesado a su hija que Jerusalén lo deprimía. En la parte árabe se sentía bien, a gusto, pero en cuanto abría la boca, su pronunciación nazaretana del árabe causaba invariablemente el efecto de agua fría en sus interlocutores. Creían probablemente los jerosolimitanos que los nazaretanos eran ciudadanos israelíes por su propia voluntad –

Los jerosolimitanos juzgaban duramente a los nazaretanos por los tres diputados que había en el parlamento israelí, por los soldados que servían en el ejército israelí y por el jugador de fútbol Joaquín Mounir, que había jugado en Berna integrando el cuadro israelí. ¿Qué explicación se les podía dar?

En la parte judía de Jerusalén se hallaba en un mundo extranjero. El corazón se le oprimía. ¡Qué terrible era sentirse extranjero en su propia tierra! ¿Por qué las calles de Jerusalén parecían decirle que era un intruso? ¿Por qué los judíos, al ver su aspecto, indudablemente árabe, lo miraban, o parecían mirarlo con hostilidad ?

En la Jerusalén judía, cada vez que se topaba con un policía se ponía a temblar. Un policía viene en dirección contraria a Geroges, por la misma acera. Se está acercando. Se acerca. A Georges le late el corazón. El policía pasa de largo si fijarse en él. Georges respira aliviado.

No es la primera vez que cree que lo van a detener, que le van a pedir sus documentos. Siempre que ve policías israelíes, Georges palpa maquinalmente sus bolsillos para cerciorarse que sus documentos no se le perdieron. Se siente como culpable de algo. Es culpable de no ser judío en un país árabe.

Lucie siempre había conocido judíos en Nazaret. Sus relaciones con ellos habían sido estrictamente comerciales, sin cordialidad. En Nazaret hay dos zonas claramente diferenciadas, la judía y la árabe. Los judíos iban a veces de compras a la parte árabe y los árabes a la parte judía. Lucie conocía bien muchas caras de judíos de Nazaret, pero no podía asignar ningún nombre a esas caras. Los nombres que veía escritos en las tiendas judías no estaban ligados a ninguna cara.

Tampoco en Jerusalén había podido entrar en contacto personal con los judíos. Podía afirmar que Débora Dodí era la primera judía que conocía. Lucie entró en conocimiento del alma judía. Antes los judíos le parecían seres raros, incomprensibles, de costumbres excéntricas, al igual que los musulmanes. Le hacía gracia recordar que después de la primera charla con Débora había exclamado para sus adentros. ¡Pero si es normal! Pensaba en el fondo, y de eso pedía ahora perdón a Dios, que no había judíos sencillos, de alma buena, que no había judíos que sufrían, que lloraban, que amaban.

Siempre tenían abundante materia de conversación. Las costumbres judías, las costumbres árabes, la comida, las fiestas, la religión. Hablaban de las familias de ambas y también de política, o saltaban al tema del tejido, de los bordados. Con más frecuencia saltaban al tema de Carlos. Lucie se lanzaba a grandes disertaciones sobre el cristianismo, la vida religiosa, el sacerdocio, el celibato.

Débora no podía entender el sentido de la vida religiosa, el renunciar a formar una familia. El celibato sacerdotal le parecía un absurdo. “Es incluso cobardía, es miedo a la responsabilidad. Y además, va en contra del plan de Dios que ha creado al hombre y a la mujer para que tengan hijos”. Lucie, paso a paso fue conduciéndola a captar el aspecto de entrega a Dios y al prójimo, la imitación de Cristo, la vida de servicio, de total disponibilidad.

“Se trata de la imitación de Cristo que se entrega del todo a transmitir a los hombres el mensaje de amor, la buena nueva del Reino. Se trata de la imitación de Cristo, que guía a los hombres por el camino de la paz. Se trata de abrir el corazón a todo el que necesita comprensión, consuelo, amor. No es una renuncia al amor. Es una opción de amor.

La esencia y significado del celibato en la vida de un sacerdote es su consagración y entrega total al servicio de Dios. Si desde el punto de vista puramente natural hay hombres que por darse del todo a una misión determinada, sin divisiones, han optado por la vida célibe, como tantos políticos, sabios, exploradores, ¿por qué no comprender y aceptar que un sacerdote, con miras sobrenaturales, opte por el celibato?

No es que se considere malo el matrimonio. El sacerdote, hombre de Dios, unido estrechamente a Cristo, habiendo optado por el celibato sacerdotal, está ligado a él, sin lazos de mujer ni de familia. El que vive dialogando con Dios, vive dialogando con el amor, pues Dios es amor. Ese es el origen del amor vigilante del sacerdote, de su solicitud pastoral. El diálogo con Dios no es la eliminación de la fuerza de amar. Da una dirección nueva a la capacidad de amar”.

Lucie calló y el silencio se aposentó en la habitación. Llegaba de la calle el rumor de los automóviles, el ronquido de una moto. Del patio llegaba el sonido seco de una pelota al chocar contra el suelo y las voces agudas de las chicas. Débora miró fijamente a su amiga. El rostro de Lucie sonreía plácidamente. Sonreían sus ojos pardos, sus hoyuelos, su boca fina y delgada, sus dientes blanquísimos. “Lucie, Lucie”, pensó Débora, “haría feliz al más exigente de los hombres y serías la mejor de las madres”

Se oyó el toque de campana que daba fin al recreo. Algunos instantes más tarde, se percibió nítidamente el susurro de los árboles mecidos por el viento. En un murmullo apenas audible dijo Débora: “Carlos va a hacer ejercicios espirituales. ¿Qué son los ejercicios espirituales?”

“Son varios días, seis, ocho o más, de reflexión, de oración, de conversación con Dios. Uno hace un balance de su estado espiritual, de su vida. Examina en qué ha fallado al Señor. Se renueva, se llena de fuerzas, de energías. Llena su motor de gasolina para que siga funcionando, y si se encuentra perplejo ante dos o más caminos que tiene delante, hace su elección ante Dios”.

Unos días después de la conversación larga con David, Carlos comenzó sus ejercicios espirituales de un mes en un convento de franciscanos de Jerusalén. David iba a verlo y a proponerle los puntos de meditación una vez al día. Conforme a las indicaciones de David, desde el principio se puso a pensar en su pasado y en su presente. Se puso a pensar en sus relaciones con las mujeres, en sus enamoramientos.

Nunca antes se había detenido a reflexionar seriamente sobre el tema. Antes de entrar a la Compañía, cuando tenía 17 años, se había enamorado de Montse, Montserrat Seguí, la prima de su amigo Jordi Seguí. Nunca le dijo nada. Ya entonces quería ser jesuita. Fiel a esa opción se calló. No era timidez sino voluntad de permanecer firme en su vocación. Con todo, pensaba mucho en ella. Sentía el deseo de ir a su colegio y de acompañarla a su casa. Entró al noviciado y la olvidó. Tres o cuatro años más tarde supo que se casó y no experimentó ningún dolor, pero pidió a Dios por ella y por su felicidad.

La segunda “mujer en su vida” fue una chica de Valencia. Se llamaba Dolores Colomer. Entre los dos enamoramientos hubo un paréntesis de nueve años. En esos nueve años fue un célibe total. No tuvo ningún problema de castidad. El cumplimiento de sus votos no le costó nada. Vivía en paz, sin congojas ni tentaciones.

En otros aspectos esos años fueron muy duros para él. Estuvo a punto de dejar la Compañía, pero el problema del celibato no existía. Tampoco tuvo que confrontar el otro problema que hoy lo angustiaba: el sacerdocio. Entonces se preparaba para el sacerdocio con ilusión. Todos sus sufrimientos se debían al ambiente cerrado. Ahora se asombraba de haber dado importancia a pequeñeces: los horarios rígidos, los paseos en ternas, con compañeros de terna obligados.

Recordando esa época pensó que lo único serio, realmente grave, era el temor a la amistad. Había algo más: su vocación misionera al Japón. Ahora veía claro. Estaba convencido de que en el fondo se trtaba de una fuga. Se trataba de huir de una rutina sin pena ni gloria. Quiso buscar nuevos horizontes de entrega. Entonces se hablaba tanto del Japón y de la necesidad de evangelizarlo. “Nos decían que se necesitaban intelectuales para convertir a esa nación intelectual”.

Carlos estaba convencido de su valer. Se creía muy inteligente. Tal vez así nació su vocación al Japón. Pensando ahora con calma. Su ida al Japón fue providencial. Salió de sus visiones mezquinas, de su estrechez de miras. En los dos años que estuvo en el Japón, ni por un instante se le ocurrió dejar la Compañía. Antes sí. En años anteriores, en el juniorado, en filosofía y magisterio, cuando a veces pensaba en salir de la Compañía, su intención no era abandonar también el sacerdocio.

Vislumbraba la posibilidad de ser sacerdote en otro marco estructural. En cambio, en el Japón abrazó con entusiasmo su vocación de jesuita. Más maduro, menos idealista, las imperfecciones de los otros dejaron de descorazonarlo. Las aceptó como aceptaba las suyas. El sabía que tenía buena voluntad. No hacía daño ni hería a los demás conscientemente. Así como se soportaba, con deficiencias, soportaba las deficiencias y limitaciones de los demás. Cuando lo hacían sufrir sabía que no lo hacían deliberadamente. Formada por hombres, la Compañía no podía ser tan perfecta como él quería que fuera en su juventud.

Para alcanzar esa madurez y esa visión realista de la vida contribuyó su segundo enamoramiento. Ocurrió en su segundo año de magisterio en el colegio San José de Valencia. El era uno de los encargados del internado. Los internos más pequeños estaban a su cargo. Había un interno de Albaida llamado José María Colomer, un chaval lleno de complejos. Era sumamente introvertido y no estudiaba ni jugaba ni tenía amigos. No se confiaba a nadie. Fueron inútiles los esfuerzos de Carlos por lograr que se abriera. No hubo manera. Hizo llamar a sus padres. Vino su hermana. Eran huérfanos. El tutor era el abuelo pero su papel se reducía a pagarle los estudios y el internado.

Total, así comenzó la cosa. Una entrevista larga en la que hablaron de José María. Después vino la correspondencia. Carta va, carta viene. En una de sus cartas, ella apenas si mencionó a su hermano. En cartas sucesivas hablaba de ella misma. De su hermano, de refilón. Carlos se refería a los dos asuntos. Como lo de José María no tenía visos de solución, Dolores acudió a un psiquiatra y éste aconsejó que el chico dejara el internado y volviera a su casa.

Vino Dolores a recogerlo. Siguió la correspondencia entre Carlos y Dolores. Ella escribía acerca de sus cosas, Carlos de las suyas. De pronto, Carlos se puso a pensar mucho en ella. Esperaba las cartas de ella y redactaba cuidadosamente las suyas. Nunca le declaró su amor, ni ella a él, pero Carlos conservaba sus cartas y le gustaba releerlas. Se dio cuenta de que se había enamorado de ella.

Resolvió consultar con el padre Vicente Llop. El padre Llop lo oyó atentamente. Cuando Carlos terminó de exponerle el asunto, el padre Llop le preguntó si quería ser sacerdote o casarse. Carlos le contestó que quería ser sacerdote, que no quería casarse. Le dijo que fuera a la capilla a rezar durante una hora y que luego regresara a su cuarto. Le preguntó qué había decidido. Nuevamente le dijo que quería ser sacerdote. El padre Llop le dijo: “Corta en seco. Toda elección supone una renuncia”.

Fueron pasando los años, dos en el Japón, dos en Innsbruck. Carlos se ordenó sacerdote. En esos años no le inquietó la mujer. Fueron años de intensa vida espiritual e intelectual. La teología lo absorbió por completo. Nació su vocación de escriturista. No había dicotomía en él. Jesuita, sacerdote, escriturista, todo era una misma cosa. No le era difícil entrar en contacto con Dios.

Vino el sacerdocio como un fruto maduro. Plenitud de unión con Dios. Paz y gozo intenso en el corazón. Pero casi de inmediato vino la desazón. Cuarto año de teología. En Innsbruck se encontraba metido a fondo en los estudios: Biblia, teología, escolástica, patrística, concilios, Karl Rahner. Lo llaman de la portería. Es su semana de turno en los ministerios sacerdotales. Un día lo llaman a atender a un moribundo. Confesiones. De las confesiones se pasa a la dirección espiritual. Le quitan tiempo de estudio. Se aterra y se avergüenza de desear que no lo llamen para ejercer los ministerios sacerdotales, porque quiere estudiar. Tiene que preparar sus exámenes. Prefiere que nadie lo busque.

Hace la tercera probación en Gandía. Además del estudio de las constituciones de la Compañía de Jesús y del mes de ejercicios, tiene que dedicar mucho tiempo a los ministerios sacerdotales, que empiezan a gustarle. Se entrega del todo. Plenitud en la vida sacerdotal. Se da a los demás. Vive, sufre y se alegra con la gente. Más confesiones, más dirección espiritual.

La gente no es puro espíritu. A uno le ayuda a buscar trabajo. Lo hace de corazón. El otro cayó enfermo y hay que buscar dinero para ayudar a la familia. Lo hace con todo cariño. Siente de pronto que se ha metido en demasiadas actividades. Se da poco tiempo para orar y para estudiar. En el poco tiempo que estudia se dedica a la moral, a la psicología, a la sociología.

Roma. En el Instituto Bíblico. Carlos vuelve a la vida ordenada, sistemática. Se engolfa nuevamente en los estudios: idiomas, papirología, arqueología, exegética, historia, geografía. Va a decir misa todos los días a un convento. Una religiosa quiere hablar con él. Carlos saca dos horas de su estudio. Problemas descomunales requieren su atención. Estudia su caso. Tiene que leer un tratado de psicología.

Los domingos, además, va a decir misa al Gesù. Un chico se confiesa. “Espérame a la salida”. Es drogadicto, siente tentaciones de matar a su padre. “Búscame mañana en el Instituto Bíblico”. Al regresar al Bíblico deja a un lado su gramática acádica. Va a la capilla. No puede orar. Sale a dar un paseo. Debería haberlo mandado a otro sacerdote. No, tiene que atenderlo. Es sacerdote. Rayos y centellas contra el acádico. El chico se presenta. Carlos tiene examen de acádico al día siguiente. Se pregunta para qué le va a servir el acádico. Cuatro horas de charla. “Que venga mañana tu padre a las 9 de la mañana”. “No me hablo con mi padre ”.. “Dile a tu madre que le diga a tu padre que venga mañana a las 9 de la mañana”

Viene en la mañana el padre del chico. Carlos tiene examen de acádico a las 3 de la tarde. Carlos es reprobado en acádico. En su examen, casi en limpio, el profesor simplemente ha escrito: “Usted no ha estudiado nada”. El escriturista reclama sus derechos. “No voy más al convento de monjas. Ya no voy al Gesù”. Celebrará las misas en la casa. El sacerdote no quiere ceder. Tiene que seguir atendiendo a la religiosa y al drogadicto.

Y llega una noche la pregunta: “¿Qué soy?” El ministerio sacerdotal lo llena. Es hermoso darse a la gente, ayudar, dar la mano al que sufre, consolar al triste. Es algo grande trabajar a favor de los desheredados. Eso exige el don de todas sus energías, de todo su tiempo.

Estando a oscuras con esa angustia, encomendando el caso de la religiosa y el del drogadicto a un padre dedicado exclusivamente al ministerio de dirección espiritual, según el plan ya previsto por su provincial, va a Jerusalén. En el barco, desde que salió de Venecia resolvió abrazar los estudios y renunciar al apostolado de los ministerios.

Será sacerdote escriturista. Investigará y escribirá. Escribir es predicar. Evangelizará escribiendo. Serán sus alumnos quienes hablen de Dios, de su amor, de su perdón, de su gracia. Escribirá acerca de Cristo, Dios verdadero, Hombre verdadero. Escribirá sobre su mensaje de paz. Será profesor, formador de sacerdotes.

Formará cientos de sacerdotes y se multiplicará en ellos. Los sacerdotes que forme visitarán los hospitales, las cárceles, los orfelinatos. Estará con ellos desde su cuarto, desde las aulas, en los barrios pobres, en los colegios, en las universidades, en los hogares.

Llegó a Jerusalén. Jerusalén: Explosión de misticismo, peregrino de los santos lugares. Aquí nació Cristo. Aquí murió Cristo. Aquí predicó el sermón de las bienaventuranzas. Aquí instituyó la eucaristía, el sacerdocio. Jerusalén: Explosión de odios y de temores. Aquí estalló una bomba y murió una niña judía de tres años. Aquí tres terroristas árabes fueron fusilados. Una vez Carlos vio cómo perseguían los niños árabes a un niño judío, que corría aterrado.

Vio en Hebrón a un soldado judío romper a culatazos los dientes de un anciano árabe. En este barrio viven los árabes hacinados. Sus casas son indignas de seres humanos. Vio a un judío engreído dar un empujón violento a un árabe ciego. Regresa a su cuarto, le duele la cabeza, no puede estudiar.

En el ulpán conoció a una judía persa, Débora Dodí. Carlos no sabe como nació su interés por ella. Comenzó a interesarse por ella “con ojos sacerdotales”, como dijo David. Débora se confió a él. Carlos trató de ayudarla. A la salida del ulpán, charlas en el parque. La vio como un ratón tembleque y sintió lástima por ella. Y la amó. Creyó que la amaba como Jesús a la hija de Jairo, como amó a la hemorroísa, como amó a la suegra de Pedro, como amó a la adúltera, como amó a Marta y María, como amó a María Magdalena. Ahora se da cuenta de que en algún momento, ese amor puro, cristiano, sacerdotal, se fue transformando.

Llegó un momento que la amó como un hombre a una mujer. Y ésta era ahora su situación. David le dijo que esto le sucedió por haber descuidado su vida espiritual. Sin unión con Dios, sin fuerzas, vacío de Cristo, ya nada sacerdotal podía dar. Quedaba su corazón humano. La compasión y el amor de Carlos Ripoll, no del sacerdote. Carlos reconoce que está enamorado de ella, y que ella está enamorada de él. Reconoce también que no puede ni orar ni estudiar. Se siente hecho añicos por dentro, pues ama a su sacerdocio y a la compañía. La vida religiosa le hace feliz. Precisamente, esa inmensa tensión es la que le hace sufrir.

Carlos inició sus ejercicios espirituales de un mes. También Débora, dirigida por Lucía, penetró dentro de sí misma. Vio retrospectivamente toda su vida y examinó su situación presente. Con la frente en alto, cara al porvenir, decidió plantear su futuro pensando más en la felicidad de Carlos que en la propia. Lucía le explicó que Carlos saldría de sus ejercicios con la decisión tomada.

Había un punto que no iba ya a ser examinado: su vocación de escriturista. Llevaría sus estudios adelante, sacaría su doctorado y se dedicaría siempre al estudio y a la difusión de las Sagradas Escrituras. Quedaba por decidir si continuaría siendo sacerdote y jesuita o si se casaróa con Débora. En caso de optar por el matrimonio, pasaría al rango de laico y no podría ejercer su ministerio sacerdotal.

Guiada por Lucie, Débora examinó primero su intención de convertirse al catolicismo. Cuando pensó en ello por primera vez lo hizo con el deseo de allanar el camino a su matrimonio con Carlos. Había creído que el único obstáculo era su religión judía.

Sin la más mínima idea de lo que era el celibato, supuso al principio que Carlos, como soltero, era un hombre libre, sin impedimentos ni legales ni religiosos para contraer matrimonio. Pero el mismo Carlos la había sacado de su error. Sí, podía casarse con ella, pero para hacerlo debería abandonar su sacerdocio.

Carlos se sentía tan fuertemente atraído a su sacerdocio como a ella. Débora comprendió que esa situación no podría durar indefinidamente. Carlos sufría visiblemente. Habiendo sonado para Carlos la hora de la decisión, también Débora se hallaba sobre el muro divisorio.

Al tercer día de meditación, Débora vio claramente que no quería ser cristiana. Optó, racional y cordialmente, por la religión de su nacimiento. Sólo el quinto día Débora prometió a Dios, en su corazón, aceptar y abrazar con toda generosidad y valentía, la decisión de Carlos, cualquiera que fuere. “Si quiere permanecer en el sacerdocio, yo también lo quiero. Si ése es su camino, le animaré a que lo siga”.

En la segunda semana de sus ejercicios Carlos se dedicó a pensar en el Carlos sacerdote, pastor de almas, no en el Carlos intelectual. Con claridad le llega el recuerdo del día de su ordenación sacerdotal. “Avancen los diáconos que van a ser promovidos al sacerdocio. ¡Carlos Ripoll!.¡Presente! Tu es sacerdos in aeternum”. “Sí, Carlos, tú eres sacerdote para siempre”.

La sala de visitas del teologado de Innsbruck. Se llamaba Karina. Dijo en la portería que quería hablar con un sacerdote, con cualquier sacerdote. “Padre, esta tarde quise suicidarme. Tenía el veneno preparado. Recorrí con la mirada todos los objetos de mi dormitorio. Quería despedirme de las cosas. Me fijé en cada uno de los objetos de mi cuarto. Quise ver por última vez esas cosas familiares que tenía ante los ojos todos los días. Miré los muebles, los retratos de familia. Dije adiós a mis padres y hermanos.

Por último miré mi crucifijo de cabecera. Me puse a rezar el Padre Nuestro. Me abandonó el deseo de quitarme la vida. Salí a la calle a despejar mi mente. Vi esta casa de ustedes y decidí confesarme de inmediato. Padre, soy pecadora. Me acuso de haberme desesperado. Me acuso de haberme olvidado de Dios. Me acuso de haber intentado quitarme la vida. Pido perdón a Dios. Deme la absolución”. “Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Karina lloraba. “Gracias, muchas gracias, padre”.

Roma. Fontana di Trevi. Una motocicleta atropella a una anciana. Tumulto. La sangre mana de la frente de la anciana. La señora mueve los labios. “Un sacerdote, por favor”. “Yo soy sacerdote. Permiso, permiso”. “Alabado sea Jesucristo…, Jesús, Jesús. Ancianos, jóvenes, niños. Gracias, padre. Bautizos, confesiones, matrimonios.

La despedida de los solteros Jayim y Dina. Salomón fue el primero en llegar al departamento de Jayim. Con una gran reverencia entregó a los novios su regalo: un diccionario yidish-hebreo para Dina, un diccionario castellano-hebreo para Jayim. “Prometo aprendérmelo desde la A hasta la Z”, dijo Jayim. “Y desde el Alef hasta el Tav”, añadió Salomón.

La segunda en llegar fue Débora, con una torta en forma de cochecito de bebé y un ramo de flores. Salomón y Débora parecían haberse visto recién. Mientras iban llegando los demás, ambos sintieron la punzada del flechazo de Cupido. Con la copa de champagne en la mano, Salomón le dijo a Débora: “Le Jayim, Débora”. Esa palabra podía interpretarse de dos maneras: “Por Jayim” y “Por la vida”. Esta segunda interpretación fue la que captó Débora.

COMENTARIO DE JESÚS MÁRQUEZ

Con ésta, su primera novela publicada, Javier Baptista incursiona dentro del género novelístico con un tema de actualidad: las vicisitudes de un grupo de judíos, sudamericanos y europeos, al establecerse en Israel. La novela tiene dos partes, y también dos tipos de personajes. Por un lado, el autor nos presenta a dos jóvenes: Jayim (Alberto Cohen), estudiante argentino, y Salomón Burgos, boliviano de Villazón y judío sefardita. Luego irán integrando la acción otros personajes, entre ellos dos sacerdotes jesuitas: David Blumen, polaco-francés, criado en España y Carlets (Carlos Ripio), el único personaje no judío de la novela, un especialista en estudios bíblicos, que prepara su doctorado en Jerusalén.

La primera parte, titulada “La Bomba”, se centrará principalmente en los personajes citados en primer lugar. Todos ellos estarán presentes en el hecho dramático de la explosión de la bomba en un colectivo, centro argumental de la novela. En la segunda parte, “Por la vida”, las “Campanas de Jertusalén pasará a centrarse en la problemática afectiva-sentimental del jesuita catalán Ripio. Pese a que el tema del celibato parece ser obligado en un relato que haga referencia al sacerdote moderno, no por ello la novela de Javier Baptista deja de ser plenamente original, sorprendiendo gratamente la hondura psicológica y religiosa con que trata el tema.

Literariamente, los principales aciertos del libro radican en su profunda sencillez, prescindiendo de barroquismos expresivos, y su estilo, ágil y vivo, que sabe combinar perfectamente los diversos temas usados y, muy particularmente el dominio de las descripciones de ciudades y personajes: Jerusalén, Buenos Aires, Villazón, Barcelona, etc., descripción matizada con un fino humor, como por ejemplo, esa formidable evocación de la Villazón de los años cuarenta con sus “gallegos”, “turcos” y “brasileños”. La novela tiene para algunos de nosotros el aliciente de descubrir nombres conocidos. David ha estudiado en Caspe. Carlets Ripio ha estado en Raymat y en San José de Valencia. Ah!, y sobre los nombres conocidos como Valldeperas, Kovacevic o Regan, el autor nos recuerda aquellos de que “todo parecido con la realidad es mera coincidencia”. En fin, recomendamos sinceramente a aquellos que piensan que tras casi 20 años de estudios escolásticos, corren peligro de ahogarse la espontaneidad y creatividad literarias (Diáspora nº 73, 9 de septiembre de 1973).



[1] Yidish (idioma de origen alemán medieval hablado por los judíos).

[2] Shesh-Besh, tauli, juego parecido al chaquete, que se juega en el mismo tablero.

[3] Askenazí, askenazi (Judío de Europa Central).

[4] Sefardí, sefardita (Judío de origen español).

[5] Nazareno (Cristiano).

[6] Jayim (Vida).

[7] Yeshiva, yeshiba (escuela de estudios de la religión y de la cultura judías).

[8] Peá (Cabellos colgantes de las sienes, característicos de los judíos ortodoxos).

[9] Ulpán (Academia de estudio de la lengua hebrea). Bet-Ha-Ajím (Casa de la amistad).

[10] Kipá (Solideo que usan los judíos cuando están en lugar sagrado o en el momento de la oración).

[11] Bar-Mitzvá (Hijo de mandamiento, mayoría de edad en la religión).

[12] Olim Jadashim (Nuevos inmigrantes).

[13] Sabra (Nacido en Israel).

[14] Jasidim (Religiosos, piadosos, ortodoxos).

[15] Goy (Pagano).

[16] Tanáj (Biblia).

[17] Gueto (En una ciudad, barrio exclusivamente judío).

[18] Eureka (He encontrado)

[19] Muesín (cantor musulmán).

[20] Suras (versículos del Corán).

[21] Mea shearim (Barrio judío ortodoxo de Jerusalén).

[22] Jasidim (Plural de jasid; judíos ortodoxos).

[23] Pope (Sacerdote de rito bizantino).

[24] Scusi, prego

[25] Yafé meod (Muy bonito).

[26] Todá rabá (Muchas gracias).

[27] Yemenitas. Judíos del Yemen.

[28] Shlomó. Salomón.

[29] Jerosolimitano (Natural de Jerusalén).

[30] Sionista. Del nombre de Sión, colina de Jerusalén. Judíos partidarios de creación de un país judío.

[31] Maronita. Cristiano del Líbano, de rito llamado maronita, unido a Roma.

[32] Shalom alejem (La paz esté con ustedes).

[33] Salam alekum (La paz esté con ustedes).

[34] Maronitas (Católicos de rito maronita).

[35] Ortodoxos griegos (Bizantinos de lengua griega).

[36] Melquitas (Bizantinos de lengua árabe)..

[37] Uniatas (Católicos de diferentes ritos).

[38] Sunnitas (Descendientes de la tribu de Mahoma).

[39] Chiitas (Descendientes únicamente de Mahoma)

[40] Boker tov (Buen día).

[41] Mashloméj (¿Cómo estás?).

[42] Ve atá, ¿mashlomjá? (¿Y tú cómo estás?)”.

[43] Hic de Virgine María natus est Iesus Christus” (Aquí nació Jesucristo de la Virgen María).

[44] Veni, Sancte Spiritus (Ven, Espíritu Santo).

[45] Aní sameaj (Estoy contento).

[46] F.L.N; Al Fatah . (Frente de Liberación Nacional, y Movimiento para la liberación de Palestina, árabes).

[47] Agios Azanasios (San Atanasio)

102 comentarios:

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